Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

Crónica de la I Jornada de Alas Abiertas

Escrito por el 24 julio 2012 en Crónicas | 0 comentarios

Esta crónica, lo sé, debería comenzar con lo que sucedió el 30 de junio de 2012. Por ejemplo, podría arrancar en el momento en el que desperté, a eso de las nueve, con el estómago mariposeando. O igual ya a las diez menos diez de la mañana cuando Rafa, Gloria y yo nos dirigíamos al merendero de Pedrezuela para encontrarnos con todos los participantes de los talleres. Pero me temo que no empezaré ahí, aunque prometo que en algún momento de esta crónica llegaré a ese punto ;). Lo que pasa es que para mí estas jornadas han servido de cierre a un año en el que he aprendido tantas cosas que creo que me va a costar el mes entero de agosto digerirlas.

Estas jornadas fueron el cierre a un año al que el adjetivo «intenso» se le queda corto. En estos meses, he perdido amistades, han llegado a mi vida otras personas que poco a poco se están transformando en amigos y he reforzado la relación con personas cercanas (que ahora son todavía más cercanas). Si algo he aprendido durante este primer año de la escuela, es que las personas suben y bajan del barco de la Fantasía (y de mi vida, pero eso es porque últimamente vivo en la escuela) sin que eso signifique que el barco deje de navegar. El día que comprendí esto dormí otra vez a pierna suelta: no importa lo que suceda conmigo, esta escuela tiene ya vida más allá de mi cabeza o de mis sueños; esta escuela pertenece ya a los sueños de muchos otros, que la han habitado con ilusión y que no parece que tengan la intención de marcharse. Una sensación magnífica esta de saber que ya no depende de mí, que ya no estoy sola a la deriva, sino que formo parte de algo que pertenece a muchos y que lo disfrutan esté yo o no.

He pasado de la soledad a trabajar con un equipo que camina cargado de ilusión, al que apenas hace falta coordinar, porque van con paso firme allá donde sea que se dirija el barco de Fantasía. Hace algunos meses, pensé que esto se hundía, que no habría forma de remontarlo, que no tenía sentido tanta noche de desvelo. Ahora me alegro de ser una testaruda y de no haber tirado la toalla, porque hoy esto se parece mucho al lugar en el que quiero trabajar el resto de mi vida (o al menos buena parte de ella).

En este país, en esta crisis, sacar adelante una empresa recién nacida es, como mínimo, una tarea hercúlea: de héroes o de locos o de ambos. No solo no hay financiación, sino que el apoyo institucional no existe. Pero no ha sido necesario, porque hemos podido salir adelante sin bancos y sin instituciones. Y esto, sin duda, gracias a los alumnos que han confiado en nosotros, que han llenado nuestras aulas y pasillos, y han decidido subirse a un barco que navega a contracorriente en un mundo donde las corrientes están secándose.

Todo lo que he vivido este año se podría resumir en una frase: he dado rienda suelta a mi pasión. Mi pasión por la literatura, por leer, por escribir. Por enseñar. Enseñar a escribir es juntar mis dos pasiones. Enseñar a escribir literatura fantástica es llevar mis dos pasiones al mundo de Fantasía. Y no querer salir de allí.

Cuando una trabaja desde la pasión, comprende que esta es el motor que todo lo mueve, la fuerza que pone la rueda en marcha, que hace volar al barco; es la adrenalina que permite al que no ha comido correr, perseguir un sueño, convertirlo en realidad, alimentarse como un gigante de lo intangible.

Y esa misma pasión fue la que se respiró el 30 de junio de 2012. Pero con muchas sonrisas, porque no hubo nadie que participara en aquellos talleres que no trajera puesta de casa la sonrisa y las ganas de compartir un día en el campo.

María, remojando los pies, y yo, con mis pintas estrafalarias.

Nos juntamos a eso de las diez en el merendero y allí nos separamos en dos grupos: los de Lola y los de Rafa. Los de Lola nos juntamos para hablar del cuento y de la naturaleza. Los de Rafa, para charlar sobre la fotografía. A todos nos visitó el Viejo del Bosque, que nos indicó hacia dónde teníamos que ir y cuáles eran los requisitos: cuidar la naturaleza, pedir permiso si cogíamos algo, superar nuestros miedos; unos tendrían que ir al molino y los otros, al río.

El Viejo del Bosque

Allí fuimos, carretera abajo hacia el río Guadalix, por la garganta de Pañáguila. Algunos superaron la prueba de valor en la bajada por la garganta. Fue entonces cuando nos separamos de nuevo: los de Lola se marcharon al río a escuchar el agua cantarina y los de Rafa se dirigieron al molino abandonado. Cada grupo se enfrasco en sus objetivos: unos conocer la naturaleza que nos rodeaba, tocarla, vivirla; otros buscar una historia que contar con tres fotos. Todos en contacto con la tierra y el agua, con la piedra y el árbol.

De camino al río.

A media mañana, los de Lola subieron de nuevo al merendero, a seguir el trabajo en un taller de la naturaleza. A los de Rafa los dejamos, cámara en mano, mirando cada detalle que la naturaleza les ofrecía para contar sus historias. Arriba, los de Lola, pusieron en común todo lo que habían encontrado en su expedición: plantas, flores, piedras, hojas, cortezas, incluso agua del río, que habían guardado en frasquitos. La cesta con la que habíamos paseado estaba llena, llenita, de elementos a estudiar. Rebuscamos, en los libros que Lola puso a nuestra disposición, cada uno de los tesoros para saber sus nombres, sus orígenes, sus cualidades. Y luego decidimos hacer marcapáginas con las flores y las hojas que habíamos recogido en nuestro paseo.

Rosa Gloria y Manolo a la caza de imágenes.

Enfrascados como estábamos en el taller de la naturaleza, se nos pasó el tiempo volando. A las dos, los de Rafa llegaron, canturreando y contentos (todos habían conseguido su historia en tres imágenes). Y los unos con los otros nos fuimos al lago a comer.

La Dama del Lago.

Pero en el lago nos deparaba una sorpresa: la Dama del Lago nos visitó.

Cargaditos como nos dejó de Fantasía, nos metimos debajo de unos árboles y nos sentamos en las mantas que bien habían dispuesto Ana y Pepe (un aplauso por lo bien que prepararon el picnic). Comenzó la comilona: tortillas de patatas suculentas, cervecita fría, agua más fría todavía, empanadas para chuparse los dedos, embutidos y quesos. Y de postre: los rosquetes que Rosa Gloria trajo para todos.

Después de comer hubo una revuelta ciudadana y el plan previsto (quedarse a echarse una siesta a la sombra de los alisos) fue sustituido por un café en el hotel del pueblo.

Todos de picnic :)

Tras el descanso, volvimos a los talleres. El grupo de Rafa se quedó en el hotel para seleccionar y tratar las fotos que habían surgido de la expedición. Los de Lola se pusieron manos a la obra para representar La bella durmiente. En esta segunda sesión, surgió un nuevo grupo: los de Inés y Gloria, que llevaron la creatividad a la acción: Inés les propuso que jugaran al lazarillo y que se imaginaran que eran animales, Gloria nos sentó en corrillo para que, entre todos, construyéramos una historia; cada uno adoptó un rol (a mí me tocó ser la reina Arbórea) y fue haciendo preguntas y recibiéndolas hasta que la historia se conformó. Una historia delirante, por supuesto, donde el enemigo acabó siendo una langosta que cocimos en una olla gigante para vencerla.

En el merendero, decimos adiós a las jornadas. La que está de rodillas soy yo.

Las sesiones de la tarde terminaron a las siete y media, cuando todos nos reunimos en asamblea para compartir lo que habíamos vivido. Así Lola nos enseñó los dibujos que habían hecho las pequeñas (sí, sí, en estas jornadas había niños: la creatividad no tiene límite de edad); pasearon vestidas de hadas, reinas y bellas durmientes, y nos contaron lo que habían hecho durante toda la jornada. Luego le tocó el turno a Rafa, que nos explicó cuál había sido el resultado de las dos sesiones. Un resultado que en la escuela ya han mostrado. Llegó el turno al taller de Acción Creativa de contar lo que había sucedido aquella tarde: fue Gloria la encargada de resumirlo. Por último, me despedí de todos diciendo algo que repito aquí bien alto: gracias por venir y el año que viene habrá más y mejor.

Despedimos la jornada cantando Adiós con el corazón.

Aunque allí no se acababa el día (todavía quedaba la presentación del Libro de los monstruos, pero esa la podéis escuchar en Radio Marmota, en el episodio 8. ¡Un día monstruoso!, donde se emitieron las tres intervenciones de los que presentamos el libro), la I Jornada de Alas Abiertas se terminó cuando rompimos el círculo de la asamblea.

En ese momento, sentí que todos los desvelos, los bajones y las tristezas de este año habían merecido la pena al ver las caras de todos los que me rodeaban. Ver a mi madre volviendo a disfrutar de su taller de la naturaleza, comprobar como mi pareja saboreaba el amor por la enseñanza (aquel día le picó el aguijón de la enseñanza y me temo —me alegro— que ya no tendrá remedio), sentir que le había sabido a poco a Gloria (vi en sus ojos que quería más talleres y más tiempo para disfrutar con sus alumnos), mirarme a mí misma y comprobar que, por fin, cumplía un deseo que hasta aquel día no había descubierto: recuperar aquellas excursiones a las que he ido desde muy pequeña, en las que se mezclaban la naturaleza y la fantasía, y que te dejaban con muchas ganas de más.

Aquel día sellé un pacto con el futuro: cada año podré disfrutar de un día como este, en el que habrá excursiones, magia y creatividad a raudales, con la esperanza de que cada jornada será distinta, hermosa y brillante, como solo puede conseguir el barco de la Fantasía.

Rosa Gloria, Víctor, Gloria, Susana, Inés e Ignacio. Autores del libro, mostrándolo con orgullo.

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