Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

De escritura en general

La voz del escritor

Escrito por el 19 junio 2013 en De escritura en general | 3 comentarios

Hace un tiempo, Ana Vidal, me pidió que tratara el tema de la voz del escritor. Hoy respondo a su pregunta.

No siempre es fácil establecer qué es eso del «estilo propio» de un autor. Es tan escurridizo como los olores de las personas: uno es capaz de reconocer a alguien por su olor, aunque casi nunca pueda describirlo; ni siquiera logramos apreciar el nuestro. Y, sin embargo, si no oliéramos, si no percibiéramos un olor en la persona que tenemos delante, reaccionaríamos con extrañeza y, lo más seguro, con recelo.

Para mí la voz del escritor va tan unida a la persona como el olor que desprende. No digo que lo que escribimos huela igual que nosotros —o quizá si lo digo—, sino que nuestra voz como escritores es nuestra voz como seres humanos. Lo que nos define como personas, nos define como escritores. De ahí que sea tan necesario que el escritor sea honesto con su obra; aunque, todo hay que decirlo, si un autor no es sincero con lo que cuenta, quizá eso sea lo que lo defina.

En cualquier caso, la voz del escritor es una amalgama de particularidades —como lo es el alma humana—: los temas que lo obsesionan; su forma peculiar de hablar, que se refleja en su discurso escrito (las palabras que utiliza, las expresiones que lo caracterizan, el uso o no de ciertas estructuras gramaticales, los vicios adquiridos, etc.); los recursos estilísticos que maneja; las lecturas con las que se ha instruido, con las que sigue instruyéndose, porque de ellas saca jugosos recursos que de una manera u otra acabará utilizando; los ojos con los que mira el mundo, que son los que le dirigen hacia unos detalles y no hacia otros de una misma escena; la tendencia que tenga hacia la experimentación o su preferencia a acomodarse; su concepción de la literatura y de lo que esta representa en su vida. Todo ello hace que nuestra forma de escribir sea percibida por los demás como nuestra.

Ahora bien, no todos los autores tienen una voz fijada, los hay que fluctúan, quizá porque eso es lo que son en su interior: fluctuantes (y, por tanto, aunque suene paradójico, esa será su voz), o quizá porque todavía están buscando su particular manera de contar las historias que lo fascinan.

Como en todo proceso, en la escritura uno necesita encontrar su camino, lo que le gusta y lo que no, lo que quiere ser y cómo quiere serlo. El escritor principiante es principiante porque se está buscando a sí mismo y su voz al escribir. La madurez del escritor, las más de las veces, viene de la mano del encuentro con su propia manera de contar, con una suerte de seguridad en que eso —y no otra cosa— es lo que quiere cuando se pone a escribir. Uno tiene que encontrar su concepción de la literatura, pero también reconocer los temas que lo obcecan. Todo ello requiere tiempo. Como lo requiere aprender los recursos que usará en sus escritos (la pobreza de recursos también es un indicador de la voz del escritor); e iré más allá: uno ha de distinguir qué recursos le gustan y cuáles aborrece, para usar unos y descartar los otros. Incluso hemos de aprender a educar nuestra mirada, para que se dirija a los detalles y no a las generalidades.

El camino para encontrar la propia voz se encuentra soldado al camino que recorremos para respondernos a la pregunta de quiénes somos. Quizá por eso, porque a cada escrito nos hallamos más cerca de esa respuesta, el recorrido sea tan largo y se asemeje más a un paseo, que a una carrera.

La tensión narrativa y lo superfluo

Escrito por el 29 mayo 2013 en De escritura en general | 1 comentario

La tensión narrativa y lo superfluo

Trabajar la tensión narrativa es, al fin y al cabo, saber elegir qué introducimos y qué dejamos fuera de una historia. Nosotros, al idearla, podemos haber construido muchos elementos que en nuestra mente tenían sentido, pero que, a la hora de llevarlo al papel, restan tensión por innecesarios. Como con todo, con un ejemplo se entenderá mejor:

Hace poco se me ocurrió una idea con la que fantasee durante unos cuantos días. Se trataba de un relato de ciencia ficción en el que en un futuro no muy lejano (menos de quince años), los ricos eran encerrados y sus riquezas expropiadas. La historia comenzaba en el momento en el que las dos protagonistas, madre e hija, ricas, después de pasar semanas escondidas, deciden entregarse a la policía. Las dos son juzgadas y se les permite elegir entre reincorporarse a la sociedad donde tendrán que trabajar como todo hijo de vecino o exiliarse a una isla donde tendrán que subsistir junto con todos los que hayan decidido marcharse allí.

En mi cabeza, esta historia funcionaba de perlas, pero, cuando me puse a escribirla, me di cuenta de dos cosas: 1) los personajes eran inconsistentes, porque me había preocupado más de atar la cuestión político-social, que de otorgarles un carácter mínimamente creíble; y 2) que no había la mínima tensión que sujetara el argumento.

Tras reflexionarlo con calma, comprendí que la falta de tensión se debía a que el relato comenzaba con una digresión sobre la situación político-social, así como un tratado histórico sobre cómo se había llegado a ese momento; para cuando aparecía la acción, se había agotado ya la poca intriga que podría generar la hipótesis desde la que trabajaba el nóvum, esto es, ¿qué pasaría si consiguiéramos deshacernos de las desigualdades económicas, desterrando a los ricos a una isla y redistribuyendo sus riquezas?

La solución pasaba, pues, por eliminar la digresión y el tratado, que había intercalado con la escena previa al juicio. Así el comienzo del relato se redujo a una adolescente muerta de miedo que esperaba en la antesala de un juicio a ser juzgada por rica. Claro, el relato se convirtió en otra cosa, con más sustancia, todo hay que decirlo, pero casi contrario a lo que yo buscaba: la crítica pasó de las desigualdades económicas a las aberraciones que podemos llegar a hacer en nombre de una ideología, por muy correcta que creamos.

Sea como fuere, el relato ganó en tensión porque discriminé eso que tanto me había gustado imaginarme por la historia que convenía a esos personajes. El planteamiento era el mismo, partía del mismo nóvum, pero la resolución del mismo resultó ser bien distinta, gracias a que me enfoqué en el personaje y no en mi idea.

A veces, como escritores, nos empecinamos en la idea original que nos ha asaltado en la ducha o en el paseo matutino con el perro, y nos olvidamos de la efectividad del relato. Como decía Borges, a veces hay que sacrificar lo insólito por lo eficaz.

La mirada del escritor

Escrito por el 22 mayo 2013 en De escritura en general | 1 comentario

La mirada del escritor

Es difícil tratar el tema de la mirada del escritor porque en verdad nos referimos a la forma que tiene este de observar e interpretar el mundo. Pero es cierto que es importante examinarlo, no tanto porque se pueda enseñar o no, sino porque muchas personas que se acercan a la escritura reprimen su propia mirada en pos de lo que se «supone» que es la «literatura» o, más peligroso aún, la «buena literatura» o, incluso, aquellos que lo hacen porque no quieren que «nadie los psicoanalice» o los que prefieren que no se sepa lo que piensan, sienten o saben sobre un tema.

Sea el motivo por el que se decide ignorar lo que uno es a la hora de escribir, lo que se produce es una relación deshonesta con la propia obra. Y eso puede traer una peor calidad a la misma, un exceso de clichés (qué mejor manera de esconder quién eres que bajo una capa de tópicos) o una lucha frenética del autor con lo que escribe —he visto, más veces de las que me gustaría, a autores principiantes que se peleaban con sus propios relatos porque «decían más de la cuenta» sobre ellos mismos—.

Sin entrar en la cuestión de hasta qué punto uno escribe sobre sí mismo en un relato no autobiográfico, no podemos obviar que la mirada del escritor es su forma personal —personalísima— de ver y expresar el mundo que lo rodea.

Cuadro hiperrealista de Tigran Tsitoghdzyan.

Permitidme un ejemplo de una situación que viví la noche del sábado. Estaba en un bar en una reunión de varios escritores a los que nos gusta el microrrelato; en un momento dado, cuando me encontraba en una charla animada sobre feminismo y literatura con otras dos escritoras, apareció una mujer que secuestró la conversación para hablar de la cantidad y calidad de los cabellos de las presentes y de cómo ella dominaba a su marido. Más allá de lo molesto que pudiera resultar el cambio de conversación, me di cuenta de que las tres mujeres que la observábamos estábamos fotografiándola como solo un escritor o escritora puede hacer: las miradas eran de curiosidad, pero además esos ojos contenían una grabadora, cada una guardándose los detalles que más interesantes le pudieran resultar para, quién sabe, convertir a aquella mujer en un personaje.

Yo me quedé con tres elementos: su bufanda rosa, que se enrollaba y desenrollaba constantemente; su cuerpo rechoncho pero voluptuoso, que exhibía sin complejos; y su absoluta incapacidad para ver que las allí presentes no estábamos interesadas un comino en su cháchara. Si la tuviera que llevar a un relato, seguramente recalcaría la inseguridad que subyacía en su discurso en el que aseveraba una y otra vez que ella dominaba a su marido —como si la dominación fuera fuente de emancipación—, de secuestrar la conversación —no fuera a ser que se hablara de algo en lo que ella no se sintiera segura— y en su continua llamada de atención. Vista así, tengo que reconocer que me despierta la compasión, porque esa mujer era vulnerable. Supongo que quizá por eso las tres la mirábamos y le seguíamos la corriente, hasta que decidimos disolvernos y, como quien no quiere la cosa, nos fuimos cada una con un grupo distinto a mantener otras conversaciones. Yo me fui a casa. No por ella, sino porque se había hecho tarde. Y mientras regresaba en el coche, ese lugar tan idóneo para crear, me di cuenta de que me había puesto nerviosa su vulnerabilidad.

Esta visión que yo sonsaqué de aquel momento es la mía porque resalto aquello que a mí me interesa, me conmueve o está conectado con mis fobias y miedos; en definitiva, con mi experiencia vital. Podría analizar las razones por las que me llamó la atención una cosa y no otra, pero no tendría sentido. No se trata de eso, se trata de que mi manera de mirar a esa mujer (al mundo en general) es la que me proporciona mis historias y la forma que tengo de llevarlas al papel.

Ignorar esto sería ignorar la esencia de por qué soy escritora. Evitar nuestra experiencia vital y la manera que tenemos de enfrentarnos a los conflictos que nos trae la vida, es evitar nuestra mirada de escritores. Si lo hacemos, solo nos traerá historias pobres o una guerra sin final contra nuestra escritura.

El aprendizaje de la escritura

Escrito por el 15 mayo 2013 en De escritura en general | 7 comentarios

Durante el aprendizaje de la escritura, el aprendiz suele sufrir una serie de cambios en la concepción de su propia obra que podríamos comparar a los estados de la materia: gaseoso, sólido y líquido.

Cuando comenzamos en un taller —lugar en el que se evidencia esta situación, pero no exclusivo para que se dé—, solemos llegar en el estado gaseoso. Esto es, disfrutamos con lo que escribimos, pero no somos conscientes todavía de cómo conseguimos los resultados que obtenemos, porque ignoramos cómo manejar los recursos necesarios para construir una historia: muchos de estos recursos los utilizamos sin saber que lo hacemos y muchos otros no los introducimos en nuestros escritos porque desconocemos su existencia. Vivimos en el estado gaseoso de la ignorancia, envueltos en una aureola de disfrute y de desconocimiento.

Cuando yo me encontraba en ese estado, recuerdo que escribía con una libertad inaudita —tan inaudita como solo puede llegar un adolescente a vivir la libertad—: escribía páginas y páginas, y siempre me sentía orgullosa del resultado; al terminar cualquier relato me henchía de orgullo y sonreía con satisfacción porque todo lo que escribía era meritorio del Nobel.

(Quizá la primera lección que uno aprende en el camino de la escritura es de humildad; una lección, todo hay que reconocerlo, que algunos escritores nunca han llegado a asimilar.)

Pasadas las primeras sesiones del taller —o las primeras críticas constructivas y sinceras—, el aprendiz comienza a hacerse consciente de sus limitaciones. Ve sus errores pero todavía no es capaz de subsanarlos, por lo que la sensación es de inmovilidad, incluso los hay que sienten que involucionan, que en vez de mejorar sus escritos empeoran. Cuando uno lo ve desde fuera —desde la cómoda posición del maestro—, sabe que no es cierta esa «involución» y que, justamente, el alumno que siente esto es el que está a pocos pasos de dar un salto de gigante en su aprendizaje. Porque la evolución viene de la mano de la consciencia de los errores que uno comete: una vez que los ves, no te queda más remedio que buscar la forma de mejorar.

El problema es que, en el momento en el que uno se hace consciente de todos los fallos que comete —o, al menos, de los más importantes—, aparece una rigidez ante el proceso creativo. Se mina el campo de la intransigencia y de la flagelación: «que mal escribes», «siempre cometes los mismos fallos», «no vas a mejorar nunca», «mejor que lo dejes» y un larguísimo etcétera de comentarios tan poco constructivos como, las más de las veces, exagerados e inciertos.

Ayer mismo, una alumna de un curso presencial me decía, con lágrimas en los ojos, que sentía que no avanzaba. Antes de responderla me sorprendí, para mis adentros, porque creo que, de su grupo, es una de las alumnas con más talento y, lo que es más importante, de las que están aprendiendo a marchas forzadas. «Es normal —le dije— que te sientas así, porque ahora ves los fallos que antes no sabías que cometías. Ahora ya solo te queda encontrar las herramientas para corregirlos». Sus ojos, además de un conato de lágrimas, contenían el deseo de que esto fuera verdad, pero la duda, al mismo tiempo, de que alguna vez lo lograra. Me acordé entonces de la época en la que yo pasé del estado gaseoso al sólido.

De aquellos primeros años de disfrute, pasé a una rigidez tan sólida que, durante al menos tres años, no pude escribir una palabra. Cuando me sentaba —porque nunca abandoné del todo la escritura— lo que sucedía era tan doloroso que tardaba mucho tiempo en volver a intentarlo: nada de lo que escribía valía la pena para esa crítica interna que había acampado en mi mente, incluso llegué a pensar en esa época que yo antes (es decir cuando era una niña o una adolescente) escribía mucho mejor y que se había acabado «mi momento» para escribir. Ahora que lo recuerdo, sonrío, ¡cómo no hacerlo!, pero en aquel entonces mi relación con la escritura se convirtió en un tormento.

En este estado, hay muchos alumnos de los talleres que abandonan, algunos porque dejan la escritura y otros porque no han sabido enfrentarse a la rigidez que conlleva enfrentarse a las limitaciones de uno mismo. En nuestra mente, todas las ideas son perfectas, pero a la hora de llevarlas al papel nos encontramos con nuestras torpezas humanas, que convierten esas grandes ideas en relatos mediocres. Aceptar esto no siempre es fácil.

Sin embargo, pasado un tiempo, si el aprendiz ha sido constante y obstinado, ese estado de solidez da paso, muy poquito a poco, al estado líquido. Esto es, esa bendita situación en la que ya hemos interiorizado las herramientas del escritor —que en el estado sólido creemos muchas e inabarcables, pero que en el líquido comprendemos que no son tantas— y volvemos a disfrutar como antaño de nuestra escritura. En verdad, a este estado se llega cuando uno se relaja y permite que los recursos pasen a ser algo importante pero no lo fundamental. El recurso narrativo no es otra cosa que el medio del que nos servimos para expresar una historia que contiene una idea que nos obsesiona y que queremos ofrecer a otros. Por tanto, lo importante nunca será el recurso, sino el fin que pretendemos. Darse cuenta de esto —no desde el intelecto, sino desde un plano emocional— sirve para relacionarse con las herramientas de una manera menos conflictiva.

Y, dime, ¿tú en que estado te encuentras: el gaseoso, el sólido o el líquido?

Elegir las palabras

Escrito por el 1 mayo 2013 en De escritura en general | 4 comentarios

La elección de las palabras siempre ha de ser exquisita en un escritor. Sin embargo, en el microrrelatista la relación con las palabras se asemeja a la del joyero con un diamante.

Cada palabra y cada cada signo de puntuación son elegidos con la precisión de un cirujano. Nada sobra, nada falta, cada pieza del puzle es indispensable y la seleccionamos tras meditarlo con la calma que toda decisión importante requiere.

Una palabra puede cambiar el tono de un relato y un signo de puntuación, el sentido del mismo.

En mi piscina habita el fantasma de un niño ahogado. Se acurruca en un rincón y con mirada triste me suplica que la llene.

Santiago Eximeno (en Literatura Prospectiva)

La palabra «niño» en este contexto no está cargada de ningún matiz expresivo que muestre la relación del narrador con ese pequeño, por lo que toma un tono aséptico. Veamos qué sucede si cambiamos esa palabra:

En mi piscina habita el fantasma de un mocoso ahogado. Se acurruca en un rincón y con mirada triste me suplica que la llene.

¿Qué relación percibimos ahora entre el narrador y el fantasma? Sin duda, el tono ha cambiado debido al carácter despectivo de la palabra «mocoso».

En mi piscina habita el fantasma de un chiquillo ahogado. Se acurruca en un rincón y con mirada triste me suplica que la llene.

De nuevo, ha cambiado el tono del texto, ahora más familiar y cariñoso. La percepción del lector del narrador que nos habla ha cambiado en los tres casos. Sin duda, el escritor eligió «niño» por una razón, porque buscaba un efecto concreto. De la misma manera que nosotros hemos de escoger cada punto, cada coma, cada verbo y cada adjetivo con la conciencia del efecto que van a provocar.

El caballo de batalla y la gran culpa

Escrito por el 2 abril 2013 en De escritura en general | 3 comentarios

Hace unas semanas, Erebus me preguntaba cómo podemos evitar posponer el momento de sentarnos a escribir. Admito que este ha sido uno de mis caballos de batalla durante años. Ahora lo recuerdo con una mezcla de extrañeza y de ternura; extrañeza por lo poco que me cuesta hoy en día sentarme a escribir; ternura por lo mucho que peleé, sin saber que, cuando dejas de luchar, te relajas y te pones a escribir :).

La escritura es una tarea no siempre grata, aunque las más de las veces provechosa. Cuando nos acercamos a ella con la ingenuidad del niño que espera encontrarse el reconocimiento, el amor o la simple diversión, es probable que, tras los primeros velos, la escritura nos devuelva algo que no esperábamos y esa visión idealizada se derribe a golpes. En esos momentos, es fácil caer en la tentación que nos ofrece cualquier otra tarea que se cruce en nuestro camino, como fregar el baño o salir a correr, por mucho que ambas sean necesarias, seguro que se puede encontrar una manera de que no se intercedan las unas a las otras.

Mi primera recomendación es aceptar que la escritura no siempre te va a traer lo que esperas. No quiero decir con ello que sea un calvario o una fuente de sufrimiento. Es más una cuestión de percepciones: si uno piensa que subir una montaña es fácil, empezará la escalada con mucha ilusión; pero, según vaya incrementándose la cuesta, ese ánimo inicial decrecerá. Y con desgana difícilmente va a conseguir llegar a la cima. Sin embargo, si somos conscientes desde el principio de que nos enfrentamos a una tarea laboriosa; que requiere dedicación; que en ocasiones es frustrante; en otros momentos, muy divertida y, en otros, dolorosa, la afrontaremos con mayor probabilidad de llegar a la cúspide.

Pero, claro, si subimos seguros de que al encumbrar la montaña seremos los más grandes escritores del mundo, también nos arriesgamos a que, por el camino, nos reconcoman un montón de malos augurios que nos lleven a tirar la toalla antes de tiempo. Esta sería mi segunda recomendación: siéntate ante el papel en blanco con humildad. No por lo que escribas, sino por ti mismo: para que tu camino resulte menos doloroso y para que te concentres en lo importante: escribir lo mejor que seas capaz en cada momento.

Igual te preguntas por qué hablo de esto y no te doy algún consejo que te permita sentarte a escribir y no caer en la tentación de dejarlo para otro día —«para mañana, que tendré más tiempo»—. Mi experiencia, como escritora y como profesora de escritura creativa, me dice que la mayoría de las veces se posterga la escritura no por falta de tiempo —aunque, admitámoslo, es una excusa perfecta— o por no tener un hábito —los hábitos se construyen—, sino por no enfrentarse a lo que hace que te resulte costoso escribir: la decepción, la frustración, el desengaño… Si miras a la cara a los dragones que custodian la cueva, comprenderás por qué no te sientas animoso frente al escritorio.

En mi caso, mi «lucha» por no postergar la escritura se asemejó mucho a mi «pelea» por ir al gimnasio. Odiaba el deporte, pero me he obligado durante demasiado tiempo a sentirme culpable por no hacer deporte. Muy útil —no pases por alto el retintín irónico—. Me apuntaba a gimnasios a los que iba unas pocas semanas con buen talante, pero a los que, pasado no más de un mes, abandonaba, para regresar a la gran culpa.

Hasta que me cansé. Creo que me harté al mismo tiempo de la culpa por no escribir. El caso es que un día me apunté a un gimnasio, me escuché la cantinela de que iría todos los días dos horas, pero acepté por lo bajini que serían dos días a la semana y unos 45 minutos. Fallé muchos días, recuerdo que incluso pasé dos o tres meses sin ir, pero volví con determinación: «No me gusta el deporte, pero es salud», me decía. Construí a base de cabezonería un hábito.

Al cabo de un tiempo, me fui dando cuenta de ciertos cambios: dormía mejor, no me costaba tanto digerir, iba más a menudo al baño, subía los tres pisos de casa sin ahogarme, no me cansaba tanto cuando íbamos de excursión por el campo y no era un suplicio cargar con las bolsas de la compra. Entonces se afianzó uno de los pilares: noté por qué era saludable que fuera al gimnasio. Había comprendido (de una forma empírica) por qué era necesario que mantuviera el hábito.

Pero no era suficiente. Me tenía que recordar, dos veces por semana, cuán saludables eran esos 45 minutos de cansancio y sudor —me repugna sudar—. La costumbre ya estaba instaurada, pero seguía siendo a la fuerza: continuaba la batalla.

Me relajé cuando comprendí que esos 45 minutos dos veces por semana, además de salud, me hacían feliz. No una felicidad idealizada en la que no había esfuerzo ni consecuencias ni responsabilidades, sino esa felicidad que viene de la mano de la aceptación de que no tienes control sobre las consecuencias, pero sí obligación de ser responsable de tus actos (sentirse culpable por algo pero no hacer nada por cambiarlo es, además de hacerte infeliz, inútil), de la indulgencia (castigarse todos los días por no hacer algo es una insensatez), de la comprensión (uno no es perfecto y comete errores), pero también del esfuerzo (escribir, como hacer deporte, se logra con práctica y constancia) y de la exigencia (ponerte el menor peso posible en las máquinas del gimnasio te evita las agujetas pero también convierte el ejercicio en una ilusión: «Si hago pesas, ¿por qué no cojo fuerza?»).

Todo esto no me llegó un día de sopetón, como un relámpago que me iluminara, sino que devino de una infatigable pelea por no dejar de ir al gimnasio e intentar comprender por qué narices me costaba tanto ponerme a escribir… digo ponerme el chándal ;). Sin duda, establecer el hábito, sea el que sea (yo no escribo todos los días, sino cuatro días a la semana entre dos o tres horas), es fundamental para encontrar los verdaderos motivos por los que ese ejercicio es necesario en tu vida. Una de las razones que yo encontré para escribir sin postergarlo es que no quiero sentirme culpable. Prefiero escribir a esa sensación turbia y constante que he cargado durante tanto tiempo.

¿Cuáles son tus motivos para no postergar la escritura?

Los malditos gerundios

Escrito por el 27 marzo 2013 en De escritura en general | 0 comentarios

Es imposible no utilizar los gerundios en un texto. Entrar en la dinámica de quitarlos todos puede convertir un estilo natural en uno totalmente artificial.

Ahora bien, hay que utilizarlos correctamente y, sobre todo, saber en dónde pueden generar problemas; básicamente en los tres puntos que siguen a continuación:

1. Son formas impersonales del verbo, por lo que tienen muchas papeletas de conformar frases ambiguas.

2. Son proclives, también, a provocar malsonancias en el estilo.

3. No siempre los utilizamos bien: el gerundio del nombre y el de posterioridad son incorrectos.

Por lo demás, no tienen nada de malo, solo que son palabras con las que hemos de tener estos cuidados “extra”. No se trata de que los odiemos, sino de que es un tipo de palabra “conflictiva”, como lo son los adjetivos antepuestos :).

No nos obsesionemos con quitarlos pero tampoco nos olvidemos del uso correcto que hay que darles.

Las fronteras de la narratividad

Escrito por el 20 marzo 2013 en De escritura en general | 0 comentarios

La microliteratura es un género narrativo y el lenguaje narrativo tiene un par de fronteras más o menos claras. Y digo, más o menos, porque en un arte hablar de lindes resulta siempre arriesgado.

Una de ellas es el cambio; otra, el tiempo; y otra, la voz narrativa. Sin tiempo (sin un devenir, un movimiento) no hay narratividad, de la misma forma que, si no hay una voz narrativa que cuenta ese movimiento, tampoco hay narratividad y lo mismo ocurre con el cambio, si no se produce un «drama» (entendiéndolo desde la concepción más clásica y genérica), algo que le ocurra a alguien, tampoco hay narratividad (habrá otra cosa, pero no narración).

No lo digas, muéstralo

Escrito por el 13 marzo 2013 en De escritura en general | 7 comentarios

La ficción funciona gracias a que nos sumergimos en ella (de tal forma que dejamos de «estar» en la realidad, para «vivir» una invención); para lograr esta «suspensión de la credulidad», la historia debe de provocarnos imágenes nítidas de lo que sucede en la historia.

De esa manera, nos trasladamos a los hechos narrados y los presenciamos en nuestra cabeza como si de verdad estuviéramos allí. A esta técnica se la conoce como visualización (hacer visual la narración) y uno de los recursos con los que la logramos es mostrando a través de acciones de los personajes lo que sucede.

Cuando Henry James decía, valga la redundancia, «no lo digas, muéstralo», se estaba refiriendo a traer más acciones a la historia.

El azar de los temas

Escrito por el 6 marzo 2013 en De escritura en general | 2 comentarios

Un pensamiento me ronda desde hacía días: ¿de dónde salen los temas de los relatos que escribimos? Porque a veces, sobre todo en los escritores principiantes, la elección del tema del relato parece ser más una cuestión de juego de azar que de decisión consciente.

En mi experiencia como escritora, sé que depende mucho de mi estado de ánimo, aunque admito que cada vez menos. Durante mucho tiempo, y mientras pertenecía a la clase de los principiantes —ahora me considero una humilde oficial—, los temas de mis relatos eran un secreto para mí. El tema aparecía, como en un truco de magia —«hago ¡chas! y aparezco a tu lado»—, y me dejaba la sensación de que no iba conmigo.

Tras mi paso por los primeros talleres como alumna, decidí forzar los temas de mis relatos. El resultado fue, cómo no, catastrófico: yo me empeñaba en que el tema era uno, mientras que mi inconsciente (y mi inexperiencia) encaminaban mis textos a los temas que les dieran la gana. De nuevo, parecía que el tema no iba conmigo.

Pasados no pocos años de lucha entre el tema que yo escogía y el que, finalmente, salía tras el primer borrador, al fin pasó lo que tenía que pasar: que me relajé. De alguna forma, una se da cuenta con la experiencia de que el tema es aquel que te inunda la vida. No es algo que uno escoja porque sí, sino que lo eliges porque te obsesiona.

Hoy en día, veo a muchos de mis alumnos en esa partida de bingo interminable en la que no saben si el tema de su relato será elegido por su consciente o por su inconsciente —qué curioso escribir esto cuando una sabe que no hay tal diferencia entre el uno y el otro—. A veces tienen suerte y coinciden los números del cartón con los que se han cantado y entonces se maravillan porque la corrección del relato no será especialmente dolorosa; aunque las más de las veces como mucho consiguen unos cuantos números para cantar línea, pero poco más, por lo que les toca reescribir y reconstruir el relato para adaptarlo al tema que ha salido sin mediación consciente.

Con la práctica acabas consiguiendo que tu inconsciente deje de jugar al bingo contigo. Cuando llega ese momento, el tema se convierte en aquel que tú eliges, porque sabes que no hay otro posible. Si hoy toca hablar de amor, ¿para qué forzarse a escribir sobre la muerte?