Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

De escritura en general

Escena: elemento dramático

Escrito por el 30 enero 2013 en De escritura en general | 3 comentarios

Uno de los recursos esenciales para recrear la acción es la escena. Hay un término que a mi entender es clave para comprender qué es una escena: se trata de la palabra «presenciar». Con el resumen, la elipsis, la descripción y otros recursos de composición, el lector no presencia un hecho; es solo con la escena con la que es capaz de formar parte de eso que le están contando; esto es, de presenciar la historia como si la estuviera viviendo en persona.

La escena se compone de un espacio (una biblioteca), un tiempo (la primera oleada de un terremoto) y unos personajes (Brahim). Si cualquiera de estos tres elementos cambiara, estaríamos ante otra escena. Si, por ejemplo, mientras Brahim estudia en la biblioteca entra su asistenta con el té y mantuvieran una conversación relevante (no sería suficiente un escueto «su té, señor», porque no implicaría un verdadero cambio de acción), estaríamos en una escena distinta a la que he bosquejado en los paréntesis.

Así pues, la escena muestra en vivo la historia y se compone de un espacio, un tiempo y unos personajes concretos.

Como se desprende de lo que acabo de explicar, la escena es uno de las herramientas claves en la narración y hay que aprender a manejarla con precisión. Se trata de un elemento dramático (del teatro), que se utiliza en aquellos momentos claves de la historia. Lo importante, el núcleo del relato, se muestra a través de escenas, porque así el lector lo vivirá con mayor intensidad gracias a que lo estará presenciando.

Toda escena que no contribuya a avanzar la acción principal o que no forme parte del núcleo de la historia, será una escena superflua. Toda escena que no aporte algo crucial a la historia, será un escena innecesaria. Solo las escenas importantes, que ayudan a avanzar la narración y que aportan hechos cruciales a esta, son las que deben conformar el relato. Las demás, sobran.

El teatro, Isa y el arpa

Escrito por el 23 enero 2013 en De escritura en general | 2 comentarios

Hace un par de años, mi amiga Isa ganó un premio y me invitó a la ceremonia de entrega. Fue en Alcalá de Henares, en el teatro Cervantes, una de esas salas pequeñas de palcos dorados y de butacas y moquetas rojas, como los de antes. Los teatros de ahora son más fríos y menos recatados. Los antiguos me llevan, sin quererlo, a la época en la que las mujeres se tapaban el rostro con abanicos de plumas de pavo real, se maquillaban con polvos blancos y se peinaban con complicadísimos tocados. Cuando entro en un teatro así —mi preferido es el María Guerrero—, es como si me transportara. Me imagino la platea rebosante de pelucas dieciochescas, de señoras agitando su abanico, de murmullos expectantes…

Mi película favorita durante muchos años, luego la han desbancado otras, fue Las amistades peligrosas, de ella todavía conservo esta evocación al teatro de aquella época. Cuando veo un palco dorado y una moqueta roja, entro en una especie de trance, como si al transportarme a otra época se abriera una puerta, una que me deja con la sensibilidad en la punta de cada vello de mi cuerpo.

El día de la ceremonia, me senté en una butaca de la cuarta fila. Ya estaba sumida en mi trance, cuando apareció Isa junto con los demás galardonados y se sentó justo donde yo no podía verla. Lo único que pude distinguir de ella durante toda la ceremonia fueron sus piernas, que mantuvo cruzadas casi todo el tiempo, me imagino que porque iba con falda vaquera y, justo enfrente de ella, había un poeta octogenario.

Cuando uno va a una ceremonia de recogida de premios, va a ver a su amigo o a su pariente. Los demás importan poco —no porque no merezcan su premio, que sin duda se lo merecían, sino porque adquiere mayor importancia el hecho de que un amigo o un pariente tuyo (el ego, el ego) va a recoger un galardón—. Así pues, en medio de mi trance por evocar épocas pasadas, y sin poder fijarme en la cara de mi amiga, mi mente divagó.

Mis pensamientos volaron, columpiados por la orquesta que inauguró la ceremonia. Era una orquesta pequeña, que apenas cabía en el pobre espacio entre las primeras filas de butacas y el escenario. El teatro no estaba preparado con esos gigantescos fosos de orquesta que se estilan ahora. El director de la orquesta casi no tenía espacio para moverse y dirigir a sus músicos y, mientras no tocaban, se sentaba en una butaca de la primera fila. La falta de espacio del director se justificaba por la protagonista de esa orquesta aquella noche: un arpa.

¿Existe acaso un instrumento más evocador que el arpa? A mí me transforma. Me lleva a otros sitios. Y si ya estaba en otra época, solo me faltaba saltar a otro reino. No necesito mucho más: un teatro viejo y una orquesta con un arpa. Me sirve y me sobra para que mi imaginación se dispare.

El arpa vibró y me estremecí, acababa de llenarme de orgullo por Isa, los ojos se me habían enmudecido al darme cuenta de que ella era mi familia y que la seguridad, como de llegar a casa, que sentía en ese momento se lo debía a mi amiga. No es uno de esos momentos sensibleros en los que quieres a todo el mundo. No, la sensación llenaba el teatro, acompasada por las notas que salían del arpa. Es algo que siempre ha estado ahí, aunque yo no lo viera.

Mientras mi corazón andaba en estas pesquisas, mis ojos no dejaron de mirar el arpa. Y, en un momento dado, mientras disfrutaba de la música, con el corazón rebosante, se encendió una luz. Ese tipo de luz que todos vosotros habéis sentido en muchas ocasiones: «Tengo que contar esta historia —pensé—. Voy a escribir un relato sobre un arpa y una mujer que toque el arpa en una orquesta».

¿Fue culpa del teatro y mi tendencia a los trances dieciochescos? ¿Fue responsabilidad de Isa por enseñarme ese día que el orgullo que sentía por ella era el de una hermana? ¿Fue a causa de la música envolvente del arpa? ¿O quizá fue la presencia del instrumento, a unos pasos de mí, o de las manos que lo tocaban con tanta agilidad? Quizá fuera la mezcla de todo o, simplemente, que aquel día tenía la antena sintonizada y capté la historia del que sería mi siguiente relato.

Y es que una idea la cazas porque es el momento de que la escribas. No es que el escritor deba quedarse sentado a la espera de que le lleguen las grandes ideas, sino que ha de salir a buscarlas y, cuando estén cerca, atraparlas.

Juegos de malabarista

Escrito por el 16 enero 2013 en De escritura en general | 2 comentarios

Juegos de malabarista
Malabarista - Matheus Chiló

Malabarista – Matheus Chiló

Cuando escribimos un relato, lo hacemos porque queremos contar algo: una historia que le ocurre a un personaje. El juego de palabras (en su sentido más amplio: el de jugar con el lenguaje y con la estética del mismo) no puede cegar esto porque el lector lo nota.

Los lectores —cómo son— captan en seguida cuando un autor está más preocupado por mostrar sus juegos de malabarista que por contar una historia.

Consejos de Chéjov

Escrito por el 9 enero 2013 en De escritura en general | 1 comentario

Consejos de Chéjov

En una carta a su hermano, Antón Chéjov* escribe seis consejos para convertir un escrito en una obra literaria. Huelga decir que estoy de acuerdo por completo.

1. Ausencia de palabrería prolongada de naturaleza socio-político-económica.

2. Objetividad total.

3. Veracidad en las descripciones de los personajes y de los objetos.

4. Brevedad extrema.

5. Osadía y originalidad (huye de los lugares comunes).

6. Sinceridad

*Consejos a un escritor: cartas sobre el cuento, el teatro y la literatura, Antón Chéjov. Madrid: Fuentetaja, 2005.

 

Construir la intriga

Escrito por el 2 enero 2013 en De escritura en general | 0 comentarios

La intriga narrativa se construye con momentos de revelación (descubrimos algo al lector) y con otros que provoquen la curiosidad de este (que se pregunte qué ocurrirá después o qué es eso que acaba de ver el personaje o quién es aquel que lo está mirando, etc.).

Hay dos maneras de saber si la intriga funciona: 1) que el lector se haga preguntas a cada rato; 2) que las preguntas que se formule no lo desubiquen o lo molesten, sino que le generen esa curiosidad por saber si la respuesta es la que se imagina.

Cuenta algo que importe

Escrito por el 26 diciembre 2012 en De escritura en general | 2 comentarios

Cuando escribimos un relato, buscamos de alguna forma contar algo a alguien.

Pero, mientras que no sabemos quién es ese «alguien», sí que debemos tener claro qué es el «algo» que vamos a transmitir.

A esa persona desconocida a la que le susurramos nuestras historias queremos que le importe lo que le estamos contando, que se emocione con nuestras palabras, pero si no tienen trascendencia ninguna, no hablan de una de esas verdad incuestionables, que a la vez cuestionamos a cada relato, el lector, nuestro amigo imaginario, apartará la mirada de aquellas letras.

La mejor forma de asegurarnos de que no sucede esto es que lo que contemos nos importe tanto que nos remueva las tripas, que nos haga llorar o reír, que nos incomode a nosotros mismos mientras escribimos, que no nos sea indiferente.

Cuenta historias que te importen; que te sonroje pensar que alguien las va a leer; que te abochorne un poco (o un mucho) constatar que, tras la lectura, alguien sabrá de ti más que tú de él o ella; que te sientas desnuda cuando esa persona termine de leer el relato.

Imitar a los maestros

Escrito por el 12 diciembre 2012 en De escritura en general | 0 comentarios

La imitación del autor admirado (sea un clásico o un contemporáneo) es uno de los ejercicios más saludables que conozco: porque primero crees pecar de soberbia, para después darte cuenta de que no vas a llegar a ese listón tan alto que te has puesto, para, acto seguido, descubrir que puedes cambiar algunas cosas, adaptarlas a ti, porque tu tema, tu historia, tus personajes no son del todo los de la obra de origen. Y, así, paso a paso, decisión tras decisión, vas alejándote de la obra maestra, y vas convirtiendo tu novela (o tu relato) en algo que no tiene que ver, pero sí, pero no, pero, bueno, he hecho lo que he podido, he sacado de mí lo mejor que tenía.

Esa frase, más que ninguna otra, marca el camino a la Ítaca del escritor: he escrito lo mejor que hoy podía escribir.

Mañana será otro día.

A vueltas con el narrador cámara

Escrito por el 5 diciembre 2012 en De escritura en general | 0 comentarios

Partiré de la definición que ya ofrecí del narrador cámara (aquí y aquí): es un narrador externo (no participa en la acción) al igual que el omnisciente, pero se diferencia de este porque no interpreta ni opina ni conoce los sentimientos o los pensamientos de ningún personaje. Se lo denomina así porque funciona como una cámara, que todo lo ve, pero no porque sea exactamente una cámara: este narrador puede percibir olores, tactos y sabores siempre y cuando no los esté oliendo, tocando o saboreando un personaje.

(c) Anka Zhuravleva

A continuación introduciré ejemplos del relato inédito de un alumno, Ignacio Borraz, para ejemplarizar esto que acabo de explicar: en este texto encontramos un par de ejemplos en los que el cámara describe otros sentidos que no sean la vista o el oído y que están bien utilizados; uno de ellos sería el siguiente: «El olor a beicon empieza a impregnar el campamento»; aquí no hay un personaje oliendo el beicon, sino que es algo que pertenece al paisaje.

Para comprender el narrador cámara es fundamental fijarse en la frase que he subrayado en negrita más arriba: no interpreta ni opina ni conoce lo que ocurre dentro de los personajes. Un buen ejemplo en el texto de Borraz sería: «responde Jerry apocado», donde está diciendo cómo se siente el personaje. Si en vez de esta frase hubiera escrito «responde Jerry con voz apocada», entonces sí que estaríamos ante una expresión propia de un cámara, porque estaría describiendo el sonido (la voz) y no el sentimiento.

El narrador cámara se limita a describir lo que ocurre en la escena. Pero ojo, esas descripciones no han de ser intrusivas: el narrador cámara no se entromete en lo que sucede. Otro ejemplo sacado del texto: «(…) responde encogiéndose Jerry, como si esperara un golpe o un grito amenazador»; aunque aquí no nos diga cómo se siente Jerry, sí que está siendo una descripción intrusiva, porque está valorando cómo es el encogimiento de Jerry. Es un juicio de valor impropio en este tipo de narradores.

Así pues, la narración del cámara debe estar pelada de juicios, incluso de aquellos que enjuician una silla llamándola «enclenque», y se ha de centrar en la acción pura y dura, sin entrometerse en ella, solo mostrándola.

El dominio del lenguaje escrito

Escrito por el 14 noviembre 2012 en De escritura en general | 3 comentarios

A menudo me encuentro teniendo que convencer a algún alumno de la importancia de que domine el lenguaje escrito, suelo entonces tirar de metáforas con la pintura (los pinceles, la paleta de colores) o la música (el instrumento afinado).

En general, la ceguera del alumno que no ve esa relevancia probablemente se deba a que, en su fuero interno, sabe que no domina el lenguaje y no quiere esforzarse en aprender a utilizarlo bien, porque resulta costoso. Solemos creer que con lo que aprendimos en el colegio ya sabemos suficiente como para escribir cualquier cosa y me temo que esto no es así: en el colegio se enseña a redactar con soltura, no a impregnar a nuestros textos de un lenguaje poético.

En definitiva, ¿en qué consiste dominar el lenguaje escrito? Estriba en que apliquemos las normas de ortografía y ortotipografía, que nuestra sintaxis sea correcta, que conozcamos la morfología de las palabras, que tengamos un vocabulario rico, que sepamos utilizar el léxico con precisión y concisión, y que adaptemos con acierto los contextos extralingüísticos a nuestro discurso. Es decir que apliquemos bien la gramática de la lengua en la que escribimos.

¿De verdad necesitamos esto para narrar una buena historia? Cuando nuestros pinceles están limpios, la mezcla de colores es la idónea, la que buscamos conseguir. Lo contrario nos lleva al descontrol, es decir, a que nuestra obra artística dependa del azar (como la lluvia de Zóbel, que nos contaba Ángel Zapata en La práctica del relato); a veces, estará con nosotros la ventura, pero en muchas otras nos dará la espalda.

La utilización de una sintaxis correcta favorecerá la aplicación del ritmo narrativo (si manejas el orden lógico de las oraciones, sabrás trastocarlo, alargar o menguar las frases para acelerar o retardar el ritmo). El conocimiento de la morfología de las palabras es fundamental para dar un uso adecuado a las figuras retóricas, que serán las encargadas de enriquecer nuestra prosa y dotar a nuestro estilo de personalidad. La riqueza del vocabulario ayudará a lograr un estilo más depurado, proporcionará a la prosa mayor elegancia y dotará al discurso de precisión semántica. La pragmática aportará la connotación en símbolos y metáforas, por lo que nuestras tramas serán más profundas.

No se trata, pues, de que escribamos sin faltas de ortografía porque eso es lo que hay que hacer, como si un profesor de los tiempos de Maricastaña nos pusiera contra la pared y nos castigara con las orejas de burro. Más bien consiste en que entendamos la relación estrecha que hay entre el uso correcto del lenguaje y los recursos estilísticos y narrativos.

El caldo de Gallina Blanca o la historia resumen

Escrito por el 7 noviembre 2012 en De escritura en general | 0 comentarios

El caldo de Gallina Blanca o la historia resumen

Es habitual en los escritores que comienzan que escriban en unas cuantas páginas el resumen de una historia más larga. Me gusta comparar este tipo de historias-resumen con las pastillas de caldo Gallina Blanca.

Son historias que han sido comprimidas, deshidratadas, para que ocupen menos espacio.

Si una se come una pastilla de caldo, lo más seguro es que la textura y el sabor le desagraden. Sin embargo, si esa pastilla la echas en una olla con nabos, zanahorias, patatas, puerros, una rodaja de calabaza, un poco de pollo, apio, laurel y unas pizcas de pimienta y sal, probablemente su sabor le guste un poco más ;-).

Un buen caldo

Una historia bien contada es aquella que toma los recursos que necesita en su justa medida: mucha sal estropea el guiso; pero poca, también.

En las historias resumidas, apenas podemos presenciar una escena. Y cuando digo presenciar me refiero a poder proyectar un escenario nítido en nuestra mente, donde suceda algo que podamos ir recreando. El resumen impide la visualización porque es una aglomeración de informantes, a los que no le aportamos escenificación. Si todo es un resumen, el lector no puede «ver» con detalles casi nada.

Esto no quiere decir que no podamos usar los resúmenes, sino que hemos de aprender a ajustarlos para que no nos quede ni soso ni salado el guiso :-).

El origen de estas historias resumidas es el intento de acoplar a una extensión breve una historia que necesita mayor extensión. Hay historias de novela e historias de relato breve. Como escritores, hemos de aprender también a distinguir el tamaño que le conviene a la historia que hemos decidido escribir.