Inés Arias de Reyna

De escritura en general

A cuento de las voces

Posted by on 10 octubre 2012 in De escritura en general | 0 comments

En este camino que es la escritura, al final, lo que andamos buscando todos los escritores, o eso deberíamos, es nuestra voz, única e intransferible, esa que permita que nuestros textos vayan firmados aunque nuestro nombre no aparezca cerca.

Buscad vuestra voz. Aunque os lleve la vida entera. El camino habrá merecido la pena.

El narrador cámara y el narrador deficiente

Posted by on 3 octubre 2012 in De escritura en general | 6 comments

Vieja cámara

El narrador cámara es un narrador externo (no interviene como un personaje dentro de la historia, sino que la cuenta desde fuera: como un observador). Muestra lo que ve sin juzgarlo y sin mencionar lo que sienten o piensan los personajes (esto es lo que lo diferencia del narrador omnisciente). Es el narrador que más asociamos a Raymond Carver. Y uno de los que menos se han utilizado en literatura fantástica.

El narrador deficiente es un narrador interno (interviene como un personaje, normalmente el protagonista; aunque a veces también funciona como un testigo). Sabe menos que el lector de lo que está sucediendo, lo que lleva a que sus interpretaciones sean muy sesgadas. Un ejemplo de este tipo de narrador es el que nos regaló Eduardo Mendoza en Sin noticias de Gurb.

Tiene sentido que confundamos ambos enfoques porque los dos convierten al lector en co-narrador. En el cámara, porque es el lector el que introduce los elementos emocionales que se deducen de la escena; en el deficiente, porque el lector se ve obligado a reinterpretar las interpretaciones del narrador sobre los hechos del argumento.

Lo que los diferencia es, ante todo, la intervención dentro de la historia: mientras que el cámara es un narrador externo (no participa en los hechos), el deficiente es interno (sí participa).

El río de la narrativa

Posted by on 15 agosto 2012 in De escritura en general | 0 comments

Os propongo un viaje por la literatura (fantástica).

Autumn, by Keman

Imaginad que caminamos por la orilla de un río hacia una cascada, que oímos de fondo en nuestro paseo. De vez en cuando, nos topamos con puentes que cruzan las aguas. Cada uno de esos puentes, nos llevaría a la otra orilla, pero nosotros nos queremos mantener en esta.

Bien, el río es la narrativa, común a los textos de ficción escritos en prosa. La cascada es la meta de todo escritor (escribir bien y con conocimiento de causa). La orilla por la que andamos nosotros es la de la fantasía, la de enfrente es la realista. Los puentes son los otros géneros o propuestas estéticas con las que nos topamos, que nos pueden llevar de una orilla a otra y que conviene conocer para no desviarnos de nuestra intención original: comprender y escribir literatura fantástica.

Somos imaginación

Posted by on 8 agosto 2012 in De escritura en general | 3 comments

Hay días que una no tiene inspiración, ni siquiera para hablar de acción ni de tiempo. En esos momentos, si eres profesora, te recuerdas a ti misma lo que le dices a tus alumnos: que la inspiración proviene de una mente activa. Movimiento: un relato es movimiento; la imaginación proviene del fluir del pensamiento. Si uno intenta —eso suelo decir en mis clases de creatividad— que le vengan ideas con todo el cuerpo agarrotado, casi constreñido, es bien difícil conseguir que llegue ni siquiera el pescadero.

Las ideas llegan, pero hay que dejar que fluyan y, para eso, el cerebro no puede estar aprisionado entre el imperativo «inventa» y el adverbio «ahora». Cuando digo esto, me imagino a mí misma sujetando la cabeza entre las manos y preguntándome por qué, por qué no me llega la inspiración. ¿Por qué no tengo imaginación? ¿No tienes? ¿Tú, Inés? ¿Segura?

 

Blanche Neige, de Benjamin Lacombe

Recuerdo el día que me pregunté si era posible que yo no tuviera imaginación. Aquella noche (soy nocturna desde pequeñuela) descubrí la gran mentira que es decir que uno no tiene imaginación. ¿Acaso no nos ponemos delante del espejo y recreamos la conversación que vamos a tener con nuestro jefe o madre o marido? ¿Alguien que hace eso no tiene imaginación? Y todavía voy más allá, alguien que sueña ha de tener imaginación o, al menos, la capacidad de representar imágenes en la cabeza.

Pero, ¡espera!, ¿representar imágenes en la cabeza?, ¿como si fuera una película? ¿A qué me suena esto? ¡Ah, sí, claro! Caramba, se me había olvidado, de esa capacidad es de la que nos servimos los escritores para que el lector se identifique con nuestra historia. Visualización lo llamamos. Pero antes de escritores, ¿no fuimos lectores? Sí, claro, la mayoría sí (o ese suele ser el orden natural, al menos: primero leemos, luego escribimos). Y cuando leemos, ¿acaso no visualizamos lo que el narrador nos cuenta?

Por ejemplo, en Seda, de Baricco, leemos:

Baldabiou era el hombre que veinte años atrás había llegado al pueblo, se había encaminado directamente al despacho del alcalde, había entrado allí sin hacerse anunciar, había depositado sobre su mesa una bufanda de seda de color dorado y le había preguntado:

—¿Sabéis qué es esto?

—Cosas de mujeres.

—Error. Cosas de hombres: dinero.

Alguno quizá haya conseguido resistir la tentación de ver a un hombre entrando en un despacho y soltando una bufanda dorada sobre la mesa. Yo, me temo, que por mucho que intente no imaginármelo me sería imposible. Leo esto e imagino. No creo que sea una capacidad de unos pocos: es inherente al ser humano. Vemos cosas en nuestra mente, nos anticipamos a situaciones que recreamos en la cabeza.

Como cuando está a punto de llegar tu cumpleaños y te imaginas que nadie se va a acordar y te pasas una semana asegurándote de que no te importa, porque al fin y al cabo un cumpleaños más, qué importa, te dices, mientras encoges los hombros, al tiempo que una imagen chiquitina se inmiscuye en tu mente, apenas la ves pero está ahí y, por un instante, cuando te has descuidado, ¡zas!, se lanza sobre ti y se convierte en una imagen grande y nítida: te ves a ti misma cenando con tu marido, tus padres y tus hermanos, también están tus sobrinas. Escuchas risas como en eco. Alguien saca un regalo: es un cuaderno, precioso, de esos que te da pena utilizar porque quisieras que nunca se acabaran sus páginas. Luego un libro y un beso de tu sobrina mayor. Sacudes la cabeza y la imagen se marcha, pero la sonrisa se te ha quedado en la cara, porque te has imaginado una escena que sabes posible y que, además, te hace feliz.

¿Quién dijo que no tenía imaginación? Todos tenemos. Somos imaginación. Vivimos con imágenes en la cabeza, cada día, a cada hora. Solo que no nos damos cuenta del don maravilloso que se nos ha otorgado. Nos creemos secos, cuando en realidad somos un manantial continuo de ideas.

Claro que yo hoy no tenía inspiración, supongo que por eso no os he hablado de tiempo, ni de acción, ni ha venido ningún personaje. Solo me ha salido esto de la imaginación, del fluir del pensamiento.

Pero, ¡espera!, ¿tiempo?, ¿qué es el tiempo sino movimiento? ¿Y la acción? Ah, sí, la acción… Vaya, la acción también es movimiento. Claro, si nuestra mente no sabe funcionar parada, nuestros relatos tampoco. Necesitamos que las ideas, las acciones, los personajes, el mundo se mueva a nuestro alrededor. Cuando eso sucede, no hay idea que se nos escape.

Un paseo por el bosque

Posted by on 1 agosto 2012 in De escritura en general | 0 comments

El aprendizaje de la escritura es lento, no es una carrera de cien metros que os exija que lleguéis a la meta los primeros, sino una maratón, una carrera de fondo, de aguante, sí. O mejor dicho, qué carrera, ni qué ocho cuartos, es un paseo, en el que podéis disfrutar de muchos árboles. Algunos los veis y no los reconocéis, otros todavía no están en vuestro plano visual porque los tapan los de delante, los hay que ya tienen nombre, aunque de tanto mirarlos les estáis cogiendo manía. Vale, respirad hondo, descansad, sentaos en un claro, aquel que está al fondo parece un buen lugar, ¿escucháis el riachuelo?

Bosque mágico

Tomad aire, llenad vuestros pulmones, disfrutad de la tranquilidad del bosque, saboread la consciencia de que os rodean los árboles que más adelante os ayudarán a continuar el camino, pero ahora, no, ahora dejaos llevar, permitid a vuestra mente que se libere de todo lo aprendido, que vuele, porque, lo que ya esté dentro de vosotros, volverá sin que se lo pidáis y, lo que todavía no se ha quedado, llegará el día que sea vuestro. Hoy no conseguiréis aprenderlo todo de golpe, ¿verdad? Pues entonces, mejor disfrutad de vuestro camino, observad los árboles, aceptad aquellos que ya conocéis, sed pacientes con vosotros mismos y aceptad que reconocéis algunos a los que no podéis poner nombre. ¿Cómo se llamaba este recurso?, ¿cómo era eso que Inés decía sobre el ritmo o el tono?, ¿y lo de la realidad y la ficción?, ¿y lo del narrador? Liberaos de todas esas preguntas. Simplemente, escribid. Lo demás ya llegará. Solo es cuestión de tiempo y de regocijarse en el camino.

¿Por qué leo?

Posted by on 19 julio 2012 in De escritura en general | 5 comments

Barquito de papel

Tanto si sois escritores como si sois aprendices, seguro que más de una vez habéis respondido a la pregunta de por qué escribís, pero ¿y a la de por qué leéis? ¿Sabría yo misma responder a esta pregunta? ¿Por qué lees, Inés? Porque no concibo la vida sin un libro, sería la respuesta más fácil. Aprendí a leer antes de descifrar el significado de los símbolos de nuestro alfabeto; mis primeras lecturas se remontan al balanceo de la mecedora en la que mi madre se sentaba para darme de mamar: me sujetaba con un brazo, al tiempo que con el otro agarraba el libro que leía en voz alta. Antes de que en el colegio me enseñaran que cada letra representaba un sonido, mi imaginación ya había sido bañada por los cuentos que obligaba a leer una y otra vez a mi madre. El que con más insistencia tuvo que releer fue «La Sirenita», de Andersen. Cómo disfrutaba de ese relato, de la espuma que ondeaba en el agua y me provocaba una melancolía que a mi madre siempre le asombró. No eran las descripciones de las sirenas, ni la vida bajo el mar, ni la relación con el príncipe lo que siempre me gustó de ese cuento, sino el final, esa espuma que reverbera aún en mis recuerdos.

Dice mi maestro Enrique Páez que «a escribir se aprende escribiendo; y a vivir, a pensar y a ser libres, leyendo». ¿Por qué leo? —regresa la pregunta—. Porque busco una respuesta, me contesto: quiero saber de donde viene esa melancolía que ni mi madre se explicaba. No la he encontrado todavía; a cambio he hallado otras respuestas que me han regalado más preguntas que han convertido mis lecturas en una búsqueda incansable por comprenderme, por entender el mundo y la angustia que lo habita, que me doblega y me lanza a la rebelión. Pero también porque con cada descubrimiento provocado por una lectura se produce una especie de alivio, una descarga del peso que acumulo en los hombros: «Ah —suspiro—, es esto lo que sentía. Y es normal. Otros lo han vivido antes que yo».

Espero de cada libro una respuesta a alguna de las innumerables dudas que me asolan desde que tengo conciencia y, cuando la encuentro, me libero de un peso titánico. También exijo a esos libros que me revelen nuevas preguntas, para que la búsqueda continúe hasta el mismo día de mi muerte, que espero que se produzca de una forma similar a mis primeros meses de vida: alguien que me lea en voz alta, mientras yo me balanceo en una mecedora.

Luego están las sensaciones que van parejas a la lectura y que, una vez las has sentido, las necesitas como una droga y que, según el criterio lector se va endureciendo, cada vez son más escasas.

Primero está ese instante que se resume con una exclamación («¡era esto, claro que sí!») o con un leve asentimiento («es verdad, es verdad, esto lo he vivido»). Ese trance en el que un libro te descubre una realidad nueva o te reafirma la que ya conoces. Un momento tan íntimo que describirlo resulta casi una blasfemia, porque cada uno lo vivirá a su manera y todas serán igualmente maravillosas.

También está esa circunstancia mágica que logran las buenas historias: la de sustraerte de tu realidad e introducirte en un mundo distinto. Cuanto más progresivo es el rapto, mejor es el regreso: ese segundo en el que te das cuenta de que tu mundo ha dejado de existir, que tus preocupaciones o tu vida cotidiana han abandonado el primer puesto en tu mente, para dar paso a un relato que te ha subyugado. No se trata solo de que hayas participado de la historia, de que hayas aceptado que lo que lees es ficción, es un paso más allá, es que durante unas horas no has sido tú, has sido la historia.

Cuando estas dos cosas ocurren (la catarsis y la inmersión), es fácil que venga esa otra sensación: la de no querer que finalice el libro, la de saber que echarás de menos el mundo, los personajes, las situaciones. «Que no acabe —te dices con el avance de las últimas páginas—. No quiero que se termine».

Todo esto me ha convertido en una lectora adicta, que necesita la lectura tanto como la comida o el sueño. Creo que podría vivir sin escribir, pero sé que una vida sin libros no sería una vida que quisiera para mí. Antes que escritora soy lectora.

La impronta personal

Posted by on 20 junio 2012 in De escritura en general | 2 comments

¿Es posible distinguir la obra de un autor sin ver su nombre? Más aún, ¿es posible adjudicar una obra a un autor sin haberla leído? Dependerá, claro, de la calidad de ese autor y si tiene un estilo característico. Hagamos una prueba:

A menudo, los esteparios cruzaban el Gran Río, y, a despecho de la línea de fortificaciones, reconstruida por Volodioso, se adentraban en Olar en incursiones tan rápidas como despiadadas, y sembraban el horror, la ruina y la muerte por aldeas y monasterios. Estos últimos eran preferentemente blanco de sus saqueos: pues no en vano conocían la cantidad de objetos de valor —vasos de oro y plata, joyas y otras riquezas— que allí se acumulaban.

Si conoces a la autora, sabrás reconocer de quién es el texto, porque su prosa es muy característica, pero antes de desvelar su nombre, veamos por qué:

  • Vocabulario: tiende a un léxico arcaizante (a despecho, blanco de sus saqueos, no en vano).
  • Sintaxis: oraciones complejas, con frases secundarias que se entrecruzan, mayor presencia nominal.
  • Recursos estilísticos: uso habitual del hipérbaton, gusto por el polisíndeton, buen manejo de la aliteración.
  • Ritmo basado en la repetición de esquemas, sobre todo, enumeraciones y grupos fónicos.

No son estas todas las características del estilo de esta autora, pero sí algunas de las que se pueden observar en este fragmento y que son generales en su prosa.

Con la elección que hacemos del vocabulario, la manera en la que tendemos a utilizar ciertas estructuras sintácticas, en vez de otras, el uso habitual de unos recursos estilísticos en vez de otros y el ritmo que otorgamos a nuestra prosa estamos generando un estilo propio.

Pero en este estilo, esta impronta que marcamos como autores, también entran los temas recurrentes y los recursos narrativos que manejemos.

Así pues, nuestro estilo dependerá de cómo sepamos dirigir el pincel (el lenguaje escrito), cómo mezclemos los colores (los recursos estilísticos y narrativos) y qué paisajes nos obsesionan más (los temas).

Cuando se empieza es habitual no tener un estilo propio, incluso hay autores que, de tanto experimentar, no tienen un estilo definido. Probablemente la razón por la que el principiante no tiene un estilo es porque está experimentando. Hemos de probar hasta llegar a lo que nos caracteriza como autores; ese tiempo de laboratorio puede durar una vida entera, aparecer en mitad de ella o haber estado siempre. Ninguna de las tres opciones es desdeñable, solo conlleva viajes distintos.

El fragmento corresponde a Olvidado Rey Gudú, de Ana Mª Matute.

Una cadena

Posted by on 2 mayo 2012 in De escritura en general | 6 comments

 

Clavo de hierro

Suele suceder que los escritos que están poblados de adjetivos, que no dejan de ser explicaciones a los sustantivos que acompañan, no muestran acciones sino que las dicen (el famoso «no lo digas, muéstralo», de Henry James), lo que provoca que el autor necesite explicar lo que ha pasado en el desenlace, pero no lo tendría que aclarar si lo hubiera mostrado y, probablemente, lo mostraría mejor si no utilizara tantos adjetivos.

Es una cadena que se sustenta en lo cómodo. Los adjetivos son como los clavos: hay muchos; y es fácil sacarlos de la caja de herramientas, son el recurso que tenemos más a mano; pero su utilización indiscriminada no ayuda a clarificar una escena, a que el lector la presencie, porque, en vez de clavarlos con precisión, se los estás tirando a la cara a quien te lee, y así es difícil enterarse de nada.

Se me ocurre una máxima: a menos adjetivos, menos explicaciones.

La trama y la acción

Posted by on 18 abril 2012 in De escritura en general | 0 comments

Esta pareja (la trama y la acción) resulta indivisible la mayoría de las veces en un relato, sin embargo, si queremos aprender a utilizarlas bien, conviene que las separemos y las diseccionemos.

La acción son los hechos que suceden uno detrás de otro; todos los acontecimientos que se narran y que se resumen en el argumento de la historia. Por ejemplo, el argumento de El barco desaparecido, de Jacobs, consiste en un barco que sale a la mar y que no regresa nunca, al cabo del tiempo uno de los tripulantes vuelve a casa de su madre, pero como está agotado antes de contarle lo que sucedió con el barco y los demás tripulantes se va a dormir; la madre se lo cuenta a todos los vecinos que se reúnen a la puerta de la casa de la mujer, a la espera de que llegue el amanecer para despertar al hombre e interrogarle por lo ocurrido a sus familiares.

La trama es la relación causal que se establece entre los acontecimientos y que proporciona a la historia una profundidad mayor. Digamos que la acción es lo superficial, lo que se ve a simple vista, mientras que la trama es lo profundo, lo que se esconde por debajo de la superficie. La trama se condensa en el tema. Siguiendo el ejemplo que hemos puesto, podríamos decir que el tema de El barco desaparecido es el infortunio.

La acción (el argumento) se trabajo de forma horizontal (sucesión lineal de acontecimientos), mientras que la trama (el tema) se trabajo de manera vertical (relaciones causales entre esos acontecimientos).

El barco desaparecido

Narrador cámara

Posted by on 4 abril 2012 in De escritura en general | 5 comments

Foto de Anka Zhuravleva

Foto de Anka Zhuravleva

El narrador cámara es aquel que no es un personaje activo en la historia y que, narrando mayoritariamente en tercera persona, no se implica en ella ni se mete en la cabeza de ningún personaje, así como tampoco reflexiona sobre lo que está ocurriendo. Es la voz más neutral que uno pueda conseguir con un narrador.

Recordemos que lo importante de la voz del narrador es que esté en función de la historia y no que impongamos una voz narrativa a un relato que pide otro tipo de narración.

La voz del narrador es fundamental porque es el intermediario entre el autor y el lector; por eso mismo, cuando decidimos lo que queremos contar hemos de preguntarnos cuál es la mejor manera de contarlo.

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