Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

El caballo de batalla y la gran culpa

Escrito por el 2 abril 2013 en De escritura en general | 3 comentarios

Hace unas semanas, Erebus me preguntaba cómo podemos evitar posponer el momento de sentarnos a escribir. Admito que este ha sido uno de mis caballos de batalla durante años. Ahora lo recuerdo con una mezcla de extrañeza y de ternura; extrañeza por lo poco que me cuesta hoy en día sentarme a escribir; ternura por lo mucho que peleé, sin saber que, cuando dejas de luchar, te relajas y te pones a escribir :).

La escritura es una tarea no siempre grata, aunque las más de las veces provechosa. Cuando nos acercamos a ella con la ingenuidad del niño que espera encontrarse el reconocimiento, el amor o la simple diversión, es probable que, tras los primeros velos, la escritura nos devuelva algo que no esperábamos y esa visión idealizada se derribe a golpes. En esos momentos, es fácil caer en la tentación que nos ofrece cualquier otra tarea que se cruce en nuestro camino, como fregar el baño o salir a correr, por mucho que ambas sean necesarias, seguro que se puede encontrar una manera de que no se intercedan las unas a las otras.

Mi primera recomendación es aceptar que la escritura no siempre te va a traer lo que esperas. No quiero decir con ello que sea un calvario o una fuente de sufrimiento. Es más una cuestión de percepciones: si uno piensa que subir una montaña es fácil, empezará la escalada con mucha ilusión; pero, según vaya incrementándose la cuesta, ese ánimo inicial decrecerá. Y con desgana difícilmente va a conseguir llegar a la cima. Sin embargo, si somos conscientes desde el principio de que nos enfrentamos a una tarea laboriosa; que requiere dedicación; que en ocasiones es frustrante; en otros momentos, muy divertida y, en otros, dolorosa, la afrontaremos con mayor probabilidad de llegar a la cúspide.

Pero, claro, si subimos seguros de que al encumbrar la montaña seremos los más grandes escritores del mundo, también nos arriesgamos a que, por el camino, nos reconcoman un montón de malos augurios que nos lleven a tirar la toalla antes de tiempo. Esta sería mi segunda recomendación: siéntate ante el papel en blanco con humildad. No por lo que escribas, sino por ti mismo: para que tu camino resulte menos doloroso y para que te concentres en lo importante: escribir lo mejor que seas capaz en cada momento.

Igual te preguntas por qué hablo de esto y no te doy algún consejo que te permita sentarte a escribir y no caer en la tentación de dejarlo para otro día —«para mañana, que tendré más tiempo»—. Mi experiencia, como escritora y como profesora de escritura creativa, me dice que la mayoría de las veces se posterga la escritura no por falta de tiempo —aunque, admitámoslo, es una excusa perfecta— o por no tener un hábito —los hábitos se construyen—, sino por no enfrentarse a lo que hace que te resulte costoso escribir: la decepción, la frustración, el desengaño… Si miras a la cara a los dragones que custodian la cueva, comprenderás por qué no te sientas animoso frente al escritorio.

En mi caso, mi «lucha» por no postergar la escritura se asemejó mucho a mi «pelea» por ir al gimnasio. Odiaba el deporte, pero me he obligado durante demasiado tiempo a sentirme culpable por no hacer deporte. Muy útil —no pases por alto el retintín irónico—. Me apuntaba a gimnasios a los que iba unas pocas semanas con buen talante, pero a los que, pasado no más de un mes, abandonaba, para regresar a la gran culpa.

Hasta que me cansé. Creo que me harté al mismo tiempo de la culpa por no escribir. El caso es que un día me apunté a un gimnasio, me escuché la cantinela de que iría todos los días dos horas, pero acepté por lo bajini que serían dos días a la semana y unos 45 minutos. Fallé muchos días, recuerdo que incluso pasé dos o tres meses sin ir, pero volví con determinación: «No me gusta el deporte, pero es salud», me decía. Construí a base de cabezonería un hábito.

Al cabo de un tiempo, me fui dando cuenta de ciertos cambios: dormía mejor, no me costaba tanto digerir, iba más a menudo al baño, subía los tres pisos de casa sin ahogarme, no me cansaba tanto cuando íbamos de excursión por el campo y no era un suplicio cargar con las bolsas de la compra. Entonces se afianzó uno de los pilares: noté por qué era saludable que fuera al gimnasio. Había comprendido (de una forma empírica) por qué era necesario que mantuviera el hábito.

Pero no era suficiente. Me tenía que recordar, dos veces por semana, cuán saludables eran esos 45 minutos de cansancio y sudor —me repugna sudar—. La costumbre ya estaba instaurada, pero seguía siendo a la fuerza: continuaba la batalla.

Me relajé cuando comprendí que esos 45 minutos dos veces por semana, además de salud, me hacían feliz. No una felicidad idealizada en la que no había esfuerzo ni consecuencias ni responsabilidades, sino esa felicidad que viene de la mano de la aceptación de que no tienes control sobre las consecuencias, pero sí obligación de ser responsable de tus actos (sentirse culpable por algo pero no hacer nada por cambiarlo es, además de hacerte infeliz, inútil), de la indulgencia (castigarse todos los días por no hacer algo es una insensatez), de la comprensión (uno no es perfecto y comete errores), pero también del esfuerzo (escribir, como hacer deporte, se logra con práctica y constancia) y de la exigencia (ponerte el menor peso posible en las máquinas del gimnasio te evita las agujetas pero también convierte el ejercicio en una ilusión: «Si hago pesas, ¿por qué no cojo fuerza?»).

Todo esto no me llegó un día de sopetón, como un relámpago que me iluminara, sino que devino de una infatigable pelea por no dejar de ir al gimnasio e intentar comprender por qué narices me costaba tanto ponerme a escribir… digo ponerme el chándal ;). Sin duda, establecer el hábito, sea el que sea (yo no escribo todos los días, sino cuatro días a la semana entre dos o tres horas), es fundamental para encontrar los verdaderos motivos por los que ese ejercicio es necesario en tu vida. Una de las razones que yo encontré para escribir sin postergarlo es que no quiero sentirme culpable. Prefiero escribir a esa sensación turbia y constante que he cargado durante tanto tiempo.

¿Cuáles son tus motivos para no postergar la escritura?

3 comentarios

Disfruta de la conversación y envía tu comentario

  1. Mer

    ¡Ay! Yo soy la reina de las excusas. Llevo años pensando: “la semana que viene, el mes que viene, en vacaciones… me voy a poner a escribir un ratito cada día”. Antes me gustaba escribir, disfrutaba creando un personaje o tratando de describir una sensación, pero la autocrítica y el miedo han hecho su trabajo. No sé si algún día sacaré el valor suficiente para enfrentarme a los dragones.

    • ladydragon

      A mí hubo una frase que me ayudó mucho: estoy escribiendo lo mejor que puedo hoy. De esta forma, la autocrítica se vuelve un poco más transigente. Hay que aprender, creo yo, a transigir con uno mismo y a aceptar las propias limitaciones. Que lo que hagas hoy no sea lo mejor de la literatura universal, no quiere decir que, si sigues trabajando, no lo acabes consiguiendo mañana: pero el primer paso siempre será el “hoy” ;).

  2. Erebus

    Gracias por responder Ladydragon.
    Ay, si, a veces la escritura parece una batalla contra uno mismo, llena de todos esos recovecos contra los que de otra forma jamás nos atreveríamos a enfrentarnos. Y aunque lo ideal sería derrotarnos a nosotros mismos cada vez, la verdad es que hay pocas cosas como descubrir que no nos conocemos lo suficiente para escribir “eso que tan bien sonaba en nuestra cabeza”. Idealizar es un país sencillo en el que vivir, es un Todo luminoso (de la manera en que “luminoso” sea la palabra que queramos que sea), pero luego llegan las palabras que lo invaden todo y se ponen a ponerlo patas arriba… Supongo que lo interesante es saber que eso, precisamente, tiene que ser lo más divertido.
    Gracias por tus consejos Lady. Saludos a Libélula y a todo el mundo por la Escuela!

Escribe tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>