Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

«El ciclo de los deseos», de Fabricio Capelli

Escrito por el 17 octubre 2013 en Cazando talentos | 2 comentarios

La señora Elvira piensa en la juventud perdida, la piel como un pergamino, las cremas para disimular las arrugas, la capa más espesa de maquillaje para asistir al teatro o al té en el hotel Alvear con sus amigas, las manos con guantes, la tintura cada semana para tapar las canas, la batería de remedios en su mesa de luz, acostarse sola entre sábanas de seda, mirar por horas en la oscuridad la araña que cuelga del techo y el insomnio que no cede.

Ramona piensa en las limitaciones de la pobreza, la ropa remendada y lavada infinidad de veces, las manos que se estropean de tanto lavar pisos y platos, la cuenta del fiado en el negocio de la esquina, los lugares del mundo que nunca va a conocer, los objetos en las vidrieras que nunca va a comprar, correr para tomar el tren de madrugada y después caminar once cuadras para llegar temprano a prepararle el desayuno a la señora Elvira.

—Ramona, querida, te dije que me gusta el té con apenas algo de leche. —Hay que repetirle las cosas mil veces, no aprende nunca.

—Sí, señora, ahora se lo traigo de nuevo. —Ya me tiene cansada con el tecito, que si está caliente, que si está frío, que le falta leche, que le sobra leche.

—Ramona, querida, confirmá con Cholita y Beatriz si vienen para jugar a la canasta a las cinco de la tarde. —Ahora me pregunta dónde están los teléfonos.

—¿Los teléfonos de sus amigas están en la agenda de la mesita del living? —Me gané una tarde de viejas insoportables pidiéndome cosas cada dos minutos.

—No querida, no te podés tomar la tarde libre, hoy viene el quinesiólogo, le tenés que abrir la puerta y después pasar a retirar de Arnaldo el vestido para el coctel de mañana. —Total vos no necesitás quinesiólogo, ¿cuántos años tenés? Dieciocho, diecinueve…

—Sí señora. —Hace dos semanas que te vengo pidiendo la tarde libre y ni siquiera podés pararte a abrirle la puerta a alguien, con tantos billetes es fácil la vida.

La señora Elvira piensa en esa película que vio anoche sobre la máquina del tiempo, en el libro del que habló Cholita donde el personaje se despierta convertido en un insecto, en las cosas que sería capaz de resignar, en unas vacaciones en Punta del Este y cómo ocuparía las horas del día, en los cuadros de Renoir, en el peligro de los deseos.

Ramona piensa en la tapa de la revista que vio esta mañana en un quiosco, donde aparecía una mujer mirándose en el espejo, en esa idea que le carcome la cabeza todos los días, en las desigualdades del mundo, en las cosas que sería capaz de resignar, en la novela que le cuenta su mamá de una empleada pobre y un señor rico, en el peligro de los deseos.

—Por suerte, Cholita, esta semana me siento bárbara, se me han ido los dolores de la espalda y apenas me acuesto me duermo profundo hasta el otro día. No querida, no son ocurrencias mías. ¿Te acordás cuando viniste a tomar el té y después tuvimos que suspender el partido de canasta porque me tuve que ir a la cama? Bueno, esta semana estoy como para hacer tres partidos seguidos. ¡No te rías loca! Te digo en serio.

—No sé mamá, pero esta semana me pesa todo el cuerpo. No, de nuevo no me quiso dar la tarde libre y no paro de fregar. Ya te dije, vive sola, pero ensucia como un batallón, que vienen las amigas, que viene algún periodista a hacerle un reportaje y siempre quiere tener todo impecable. Claro que te hice caso, pero no sabés cómo se puso, me dijo que si no era capaz de hacer el trabajo, que se buscaba otra. Con la plata que tiene podría tener más personal doméstico, pero viste cómo es esta gente, mientras más plata más agarrados.

La señora Elvira imagina los beneficios de una juventud recuperada, la piel tersa y sin manchas, como las esculturas del Museo Contemporáneo de Arte o las mujeres de Klimt, lánguidas y hermosas, con la silueta para usar vestidos ceñidos y atrevidos, una espalda sin dolores, el maquillaje ligero, el color natural del pelo, los movimientos ágiles y sin temblores, las manos firmes para bailar hasta altas horas de las noches en las mansiones de sus amigas, bebiendo cócteles y recuperando las sensaciones de las caricias masculinas.

Ramona imagina los beneficios de la riqueza, las brazaletes de oro blanco y piedras preciosas, los vestidos hechos a medida por diseñadores de moda, las carteras de cuero haciendo juego con los zapatos, un vestidor lleno de espejos, peluqueros capaces de cambiarle el color del pelo a su antojo: cola de caballo hasta la cintura, rubio casi platinado recogido para un costado, negro azabache con flequillo estilo faraona, salones majestuosos, hombres que giran su cabeza cada vez que ella entra y que se pelean para conseguir su mirada, para besar sus labios adornados por el lunar que tiene a un costado.

—¿Le parece doctor? ¿A esta edad salirme un lunar nuevo? Y mire la piel, está más saludable, hicimos bien en cambiar de tratamiento.

—No sé, mamá, pero ¿no ves que el lunar se me está decolorando? Y de nuevo tuve que gastar en tintura. Yo que nunca tuve canas, mirame ahora.

La señora Elvira piensa en los beneficios del camuflaje. Pañuelos en el cuello para tapar la piel cada día más estirada y joven. Anteojos oscuros a toda hora del día para no mostrar la ausencia de patas de gallo. La postura más erguida y los senos más firmes. Ya no ve a sus amigas y ha suspendido toda aparición pública. Se ha encerrado en su habitación y no ve a nadie. Ni siquiera a Ramona. Le da órdenes por teléfono y le pide que le deje la comida a los pies de la puerta de su habitación.

Ramona piensa en las enfermedades prematuras. Recién cumplidos los veinte años y parece mucho más vieja. Problemas lumbares, una tenue joroba que ya se le insinúa en la espalda. La piel cada día más arrugada, a pesar de las cremas que ha empezado a usar. Con esfuerzo continúa con las tareas de la casa y, cada vez que se agacha para dejarle la bandeja a la señora Elvira, le duele la cintura. Cada vez que le golpea la puerta del dormitorio, le duelen los nudillos.

—Ramona, querida, mañana me gustaría una porción más generosa. —Qué hambre que tengo ahora y qué lindo se me está poniendo el pelo.

—Sí, señora. —Lo que me faltaba, tener que cocinar más y no puedo más de cansada.

—¿No escuchó, Ramona, que le dije que traiga más postre? —Ojalá que por teléfono no se note el cambio de voz.

—Sí, señora, ahora se lo dejo al pie de la puerta. —Mejor que no me vea así, capaz que se da cuenta.

—Ya sé, Cholita, que hace meses que no nos vemos, pero el médico me pidió que no salga para nada. ¿Fuiste a la inauguración del restaurante en Puerto Madero? No, ni me hablés de Beatriz, después de lo que dijo en las revistas, no le hablo más. No sé hasta cuándo, pero quédate tranquila, yo te llamo.

—No sé, mamá, hasta cuándo, pero la señora Elvira quiere que me quede a dormir en su casa por más tiempo. ¿Ya diez meses? ¿Tanto? Mamá, no me digás eso, no es que no te quiera ver, pero termino fundida y me voy directo a la cama. Ya te voy a ir a ver, quédate tranquila. No, este fin de semana no puedo. No te pongás así, yo te llamo.

La señora Elvira se levanta, se mira al espejo y comprueba que la transformación es completa. Siente el cuerpo joven, la tonicidad de los músculos, la fuerza de las piernas. Se toca con la mano el lunar al lado del labio. Observa con atención la habitación de servicio y ve el uniforme colgado de una de las perchas. Respira hondo, cierra los ojos y sonríe. Mira el reloj y se apura para no atrasarse en la preparación del desayuno.

Ramona se levanta, se mira al espejo y comprueba que la transformación es completa. Siente el cuerpo cansado, el dolor persistente en la espalda, la boca reseca. Mira a su alrededor la lujosa habitación, la araña luminosa en el techo, las cortinas de terciopelo. Con dificultad camina hasta el vestidor, abre un cajón y ve los brazaletes de turmalina, los aros de diamantes, la gargantilla de zafiros. Respira hondo, cierra los ojos y sonríe. Mira el reloj y se apura para estar lista cuando le traigan el desayuno.

—Buenos días, señora Ramona.

—Pero, querida, te dije que me gusta el té con un poquito más de leche.

Las dos se miran durante unos breves segundos. De pronto un torrente de pensamientos las invade.

—Sí, señora, ahora se lo traigo de nuevo. —Ya me tiene cansada con el tecito, que si está caliente, que si está frío, que le falta leche, que le sobra leche.

—Gracias, querida. —Hay que repetirle las cosas mil veces, no aprende nunca.

Elvira sale de la habitación y piensa en las limitaciones de la pobreza, la ropa remendada y lavada infinidad de veces, las manos que se estropean de tanto lavar pisos y platos, los lugares del mundo que nunca va a conocer, correr para tomar el tren de madrugada y llegar bien temprano a preparar el desayuno, fregar todo el día y volver a la casa de su madre a altas horas de la noche y contarle de ese sueño alocado, en lo que daría a cambio de tener la riqueza de su señora.

La señora Ramona piensa en la juventud perdida, la piel como un pergamino, las cremas para disimular las arrugas, los pañuelos permanentes en el cuello, la capa más espesa de maquillaje para asistir al teatro o al té en el hotel Alvear con sus amigas, y contarles de ese deseo peligroso, en lo que daría a cambio de tener la juventud de su empleada.

El ciclo de los deseos
Fabricio Capelli

[Relato elaborado en el curso virtual de Literatura Fantástica en Escuela de Escritores, en diciembre de 2012.]

2 comentarios

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  1. Vicente F. Hurtado

    ¡Pero qué labia tiene el flaco!

  2. Ignacio J.Borraz

    ¡Bravo, Fabricio!

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