Inés Arias de Reyna

El teatro, Isa y el arpa

Publicado por el 23 enero 2013 | 2 comentarios

Hace un par de años, mi amiga Isa ganó un premio y me invitó a la ceremonia de entrega. Fue en Alcalá de Henares, en el teatro Cervantes, una de esas salas pequeñas de palcos dorados y de butacas y moquetas rojas, como los de antes. Los teatros de ahora son más fríos y menos recatados. Los antiguos me llevan, sin quererlo, a la época en la que las mujeres se tapaban el rostro con abanicos de plumas de pavo real, se maquillaban con polvos blancos y se peinaban con complicadísimos tocados. Cuando entro en un teatro así —mi preferido es el María Guerrero—, es como si me transportara. Me imagino la platea rebosante de pelucas dieciochescas, de señoras agitando su abanico, de murmullos expectantes…

Mi película favorita durante muchos años, luego la han desbancado otras, fue Las amistades peligrosas, de ella todavía conservo esta evocación al teatro de aquella época. Cuando veo un palco dorado y una moqueta roja, entro en una especie de trance, como si al transportarme a otra época se abriera una puerta, una que me deja con la sensibilidad en la punta de cada vello de mi cuerpo.

El día de la ceremonia, me senté en una butaca de la cuarta fila. Ya estaba sumida en mi trance, cuando apareció Isa junto con los demás galardonados y se sentó justo donde yo no podía verla. Lo único que pude distinguir de ella durante toda la ceremonia fueron sus piernas, que mantuvo cruzadas casi todo el tiempo, me imagino que porque iba con falda vaquera y, justo enfrente de ella, había un poeta octogenario.

Cuando uno va a una ceremonia de recogida de premios, va a ver a su amigo o a su pariente. Los demás importan poco —no porque no merezcan su premio, que sin duda se lo merecían, sino porque adquiere mayor importancia el hecho de que un amigo o un pariente tuyo (el ego, el ego) va a recoger un galardón—. Así pues, en medio de mi trance por evocar épocas pasadas, y sin poder fijarme en la cara de mi amiga, mi mente divagó.

Mis pensamientos volaron, columpiados por la orquesta que inauguró la ceremonia. Era una orquesta pequeña, que apenas cabía en el pobre espacio entre las primeras filas de butacas y el escenario. El teatro no estaba preparado con esos gigantescos fosos de orquesta que se estilan ahora. El director de la orquesta casi no tenía espacio para moverse y dirigir a sus músicos y, mientras no tocaban, se sentaba en una butaca de la primera fila. La falta de espacio del director se justificaba por la protagonista de esa orquesta aquella noche: un arpa.

¿Existe acaso un instrumento más evocador que el arpa? A mí me transforma. Me lleva a otros sitios. Y si ya estaba en otra época, solo me faltaba saltar a otro reino. No necesito mucho más: un teatro viejo y una orquesta con un arpa. Me sirve y me sobra para que mi imaginación se dispare.

El arpa vibró y me estremecí, acababa de llenarme de orgullo por Isa, los ojos se me habían enmudecido al darme cuenta de que ella era mi familia y que la seguridad, como de llegar a casa, que sentía en ese momento se lo debía a mi amiga. No es uno de esos momentos sensibleros en los que quieres a todo el mundo. No, la sensación llenaba el teatro, acompasada por las notas que salían del arpa. Es algo que siempre ha estado ahí, aunque yo no lo viera.

Mientras mi corazón andaba en estas pesquisas, mis ojos no dejaron de mirar el arpa. Y, en un momento dado, mientras disfrutaba de la música, con el corazón rebosante, se encendió una luz. Ese tipo de luz que todos vosotros habéis sentido en muchas ocasiones: «Tengo que contar esta historia —pensé—. Voy a escribir un relato sobre un arpa y una mujer que toque el arpa en una orquesta».

¿Fue culpa del teatro y mi tendencia a los trances dieciochescos? ¿Fue responsabilidad de Isa por enseñarme ese día que el orgullo que sentía por ella era el de una hermana? ¿Fue a causa de la música envolvente del arpa? ¿O quizá fue la presencia del instrumento, a unos pasos de mí, o de las manos que lo tocaban con tanta agilidad? Quizá fuera la mezcla de todo o, simplemente, que aquel día tenía la antena sintonizada y capté la historia del que sería mi siguiente relato.

Y es que una idea la cazas porque es el momento de que la escribas. No es que el escritor deba quedarse sentado a la espera de que le lleguen las grandes ideas, sino que ha de salir a buscarlas y, cuando estén cerca, atraparlas.

2 Comentarios

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  1. Berna

    Pues fíjate que yo he borrado totalmente de mi memoria a la orquesta… :-O

  2. Gloria T. Dauden

    Es bonito saber algo del origen de historias que ya conoces 😉
    Y sí, los teatros viejos tienen un encanto especial.

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