Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

La generosidad de Mrozek

Escrito por el 5 junio 2013 en Crítica literaria | 1 comentario

La generosidad de Mrozek

En esta entrada, explicaré el concepto de «ficción avara» a partir del relato «La coexistencia», de Slawomir Mrozek.

¿Qué habría hecho un autor avaro con una historia como esta? Habría escondido que es el diablo con quien se encuentra el párroco. Se habría guardado ese as en la manga hasta el final del texto.

¿Qué es lo que ha hecho Mrozek? Decirlo en la primera línea, para que no haya ambigüedad posible:

El párroco encontró en su casa al diablo. Este iba tocado con una gorra de jinete roja, estaba sentado a la mesa y miraba al hombre —en este caso al párroco— con mucha atención.

No solo nos dice que es el diablo sino que, además, lo describe, con lo que comienza la caracterización de este personaje (necesaria ya que no todos tenemos la misma concepción del diablo y menos hoy en día, que incluso en ocasiones se le da la vuelta a la tortilla, convirtiendo al diablo en el representante de lo bueno —que no del Bien—).

Os propongo que hagamos el siguiente ejercicio: convirtamos el comienzo de esta narración en una ficción avara, a ver qué queda de la historia si sustituimos «diablo» por «hombre»:

El párroco encontró en su casa a un hombre. Este iba tocado con una gorra de jinete roja, estaba sentado a la mesa y miraba al párroco con mucha atención.

La cosa tuvo lugar al anochecer, cuando el cura regresaba a casa tras haber cumplido con sus obligaciones parroquiales de cada día. Al ver al hombre suspiró como un leñador que se hubiese pasado todo el día cortando pinos en el bosque y que por la noche se encontrara con que mientras tanto había crecido un roble en medio de su casa.

Sabía por experiencia y educación que aquel hombre era constante. De modo que no se extrañó tanto como se hubiese extrañado un leñador, sino que —y aquí es apropiada la comparación con un leñador— sintió doblemente su cansancio.

—¿Qué quieres? —preguntó secamente y sin demasiada hospitalidad.

—En realidad nada, simplemente estoy aquí —contestó el hombre.

«Por supuesto que miente —pensó el cura—. La mentira pertenece a su naturaleza. Debería echarlo. Si quiere quedarse un poco y nada más, ¿por qué ha de ser precisamente en mi casa? ¿Por qué no en otro lugar? Pero primero me quito los zapatos y me pongo las pantuflas. Ojalá fuera más joven Pero la edad no perdona. Ya no tengo la agilidad de antes.»

Se quitó los zapatos, se puso las pantuflas, preparó el té. Con el rabillo del ojo observaba al hombre. Pero éste cumplía su promesa. No decía nada, estaba sentado comedidamente, sin haberse quitado siquiera la gorra, lo cual indicaba que no tenía intención de sentar sus reales en la casa.

El párroco se tomó su té, y no tanto por la necesidad de lectura sino más bien para ganar tiempo, se puso a leer un libro de contenido no controvertido. Pero precisamente por eso sus párpados, que con extrema dificultad mantenía abiertos, se le hicieron tan pesados que acabaron por cerrársele. En los momentos en que su sueño se convertía en duermevela, veía al hombre igualmente, sentado con educación a la mesa, pero como alejado. «Es curioso que a pesar de todo no me moleste. Al fin y al cabo debería querer algo de mí, aunque de momento no quiere nada. Me ocuparé de él, pero un poco más tarde, cuando haya descansado.»

—¿Aún estás ahí? —preguntó una vez más al despertar de su duermevela. El hombre asintió con la cabeza. Estaba allí de una forma tan evidente e indudable, que no hacía falta corroborarlo verbalmente. Seguía sentado comedidamente, como si estuviera en una sala de espera, es decir, como si no tuviera nada que hacer en la habitación en que se hallaba, sin haberse quitado siquiera su gorrita roja y grotesca. «No es agresivo —volvió a pensar el párroco—, y si trama algo, siempre se estará a tiempo de prevenirlo. Y aparte de esto…, si está aquí significa que no está en otro sitio. A mí no me molesta, aquí no lo pierdo de vista, y mientras está aquí, no puede hacer daño a otros, al no estar allí donde ahora no está. Después de todo es mejor así que si lo echara, es decir, si le dejara marchar a no sé qué lugar donde pudiera hacer no sé qué estragos. Que se quede, pues, que si alguien sale perdiendo con eso sólo será él mismo.»

Lo primero que podemos notar es que la metáfora del leñador ya no tiene sentido. Esa sensación de cansancio que comprendimos en la lectura del relato original, en esta deformación que hemos llevado a cabo ya no suscita la misma impresión. La metáfora ya no sirve. Y, si nos fijamos, era la única metáfora del texto (hasta el momento, al menos). Única pero muy valiosa, puesto que con ella se expresa la emoción principal que mueve al párroco: su cansancio; está demasiado cansado para ocuparse de algo tan importante como el diablo: su vida diaria no le deja fuerzas para ello. Sin la comprensión de este dato tan importante, resulta casi imposible comprender la motivación (en este caso sería más apropiado que habláramos de desmotivación) del protagonista.

Si el autor hubiera sido avaro, y hubiera escondido ese dato tan importante (el del diablo), llegado el momento en el que pasa la primera noche, se tendría que haber visto obligado a cambiar sustancialmente la historia. Lo importante ya no sería ese cansancio vital del párroco, que es lo que le lleva a aceptar la convivencia con el diablo y, por tanto, no se habría dado ese momento clave que marca el final del texto: el párroco al final miente, miente para protegerse a sí mismo y en esa mentira, a la vez, protege al diablo.

Este cambio propio de la ficción avara, este eliminar al diablo, como vemos, llevará a que el texto pierda trasfondo y se convierta en algo más superficial. Formalmente bien escrito, pero con carencias en el tema.

Así pues, vemos que la ficción avara nos llevaría a perder la motivación del protagonista y, por tanto, a que no tenga sentido el desenlace.

Por otro lado, también cambiaría el género, al menos hasta que no apareciera el diablo como sorpresa final. Mientras el relato original lo podemos considerar literatura fantástica (realismo fantástico), esta nueva versión se delimitaría dentro del realismo. Por lo tanto, la sorpresa final en la que se nos desvelaría que el hombre es el diablo implicaría una ruptura del pacto con el lector; si hemos pactado que estamos en un relato realista, tal cambio conllevaría la pérdida de credibilidad del narrador.

Si nos fijamos en lo que acabamos de decir, con la ficción avara hemos perdido género, credibilidad, trasfondo, motivación y cambio del protagonista. Es decir, hemos convertido un relato que se sustenta en estos pilares de la narración en una historia enclenque.

A veces, somos avaros en nuestra ficción porque no escogemos con cuidado los recursos y las técnicas que están a nuestra disposición para contar según qué historias. También sucede que equivocamos ciertas técnicas, como la del final sorprendente, que asumimos, al principio, como un final sorpresa. Los lectores, las más de las veces, no se sorprenden porque al llegar a la frase final aparezca un elemento que desbarate todo lo contado antes; sino que se suelen maravillar de la habilidad del escritor en disimular ciertas partes de la trama que solo se comprenden, aun habiendo estado presentes durante todo el texto, al final.

No se trata, pues, de esconder que el diablo es el que visita al cura, sino de llevar al lector hacia la comprensión de que la desgana del párroco acaba provocando su perdición.

Un comentario

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  1. Santiago

    Después de leer el post se me ocurre probar por el camino de en medio, ni ser narrador avaro ni ser completamente explícito, por ejemplo utilizar algún detalle que dé pie a pensar que ese hombre pueda ser el diablo, por ejemplo «El párroco encontró en su casa a un hombre de barba luciferina», sé que luciferino suena cursi, es una idea a bote pronto, o «El párroco encontró en su casa a un hombre con la mirada del diablo».
    La verdad que leyendo la última parte de tu post me doy cuenta, por otro lado, que si no se sabe manejar el ingenio final puede resultar como has dicho como una sorpresa final que parezca una especie de truco de magia donde de repente resulte que ese hombre es el diablo. El «knockout» de Cortázar no funciona con narradores avaros, eso es cierto.
    Saludos.

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