Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

La mirada del escritor

Escrito por el 22 mayo 2013 en De escritura en general | 1 comentario

La mirada del escritor

Es difícil tratar el tema de la mirada del escritor porque en verdad nos referimos a la forma que tiene este de observar e interpretar el mundo. Pero es cierto que es importante examinarlo, no tanto porque se pueda enseñar o no, sino porque muchas personas que se acercan a la escritura reprimen su propia mirada en pos de lo que se «supone» que es la «literatura» o, más peligroso aún, la «buena literatura» o, incluso, aquellos que lo hacen porque no quieren que «nadie los psicoanalice» o los que prefieren que no se sepa lo que piensan, sienten o saben sobre un tema.

Sea el motivo por el que se decide ignorar lo que uno es a la hora de escribir, lo que se produce es una relación deshonesta con la propia obra. Y eso puede traer una peor calidad a la misma, un exceso de clichés (qué mejor manera de esconder quién eres que bajo una capa de tópicos) o una lucha frenética del autor con lo que escribe —he visto, más veces de las que me gustaría, a autores principiantes que se peleaban con sus propios relatos porque «decían más de la cuenta» sobre ellos mismos—.

Sin entrar en la cuestión de hasta qué punto uno escribe sobre sí mismo en un relato no autobiográfico, no podemos obviar que la mirada del escritor es su forma personal —personalísima— de ver y expresar el mundo que lo rodea.

Cuadro hiperrealista de Tigran Tsitoghdzyan.

Permitidme un ejemplo de una situación que viví la noche del sábado. Estaba en un bar en una reunión de varios escritores a los que nos gusta el microrrelato; en un momento dado, cuando me encontraba en una charla animada sobre feminismo y literatura con otras dos escritoras, apareció una mujer que secuestró la conversación para hablar de la cantidad y calidad de los cabellos de las presentes y de cómo ella dominaba a su marido. Más allá de lo molesto que pudiera resultar el cambio de conversación, me di cuenta de que las tres mujeres que la observábamos estábamos fotografiándola como solo un escritor o escritora puede hacer: las miradas eran de curiosidad, pero además esos ojos contenían una grabadora, cada una guardándose los detalles que más interesantes le pudieran resultar para, quién sabe, convertir a aquella mujer en un personaje.

Yo me quedé con tres elementos: su bufanda rosa, que se enrollaba y desenrollaba constantemente; su cuerpo rechoncho pero voluptuoso, que exhibía sin complejos; y su absoluta incapacidad para ver que las allí presentes no estábamos interesadas un comino en su cháchara. Si la tuviera que llevar a un relato, seguramente recalcaría la inseguridad que subyacía en su discurso en el que aseveraba una y otra vez que ella dominaba a su marido —como si la dominación fuera fuente de emancipación—, de secuestrar la conversación —no fuera a ser que se hablara de algo en lo que ella no se sintiera segura— y en su continua llamada de atención. Vista así, tengo que reconocer que me despierta la compasión, porque esa mujer era vulnerable. Supongo que quizá por eso las tres la mirábamos y le seguíamos la corriente, hasta que decidimos disolvernos y, como quien no quiere la cosa, nos fuimos cada una con un grupo distinto a mantener otras conversaciones. Yo me fui a casa. No por ella, sino porque se había hecho tarde. Y mientras regresaba en el coche, ese lugar tan idóneo para crear, me di cuenta de que me había puesto nerviosa su vulnerabilidad.

Esta visión que yo sonsaqué de aquel momento es la mía porque resalto aquello que a mí me interesa, me conmueve o está conectado con mis fobias y miedos; en definitiva, con mi experiencia vital. Podría analizar las razones por las que me llamó la atención una cosa y no otra, pero no tendría sentido. No se trata de eso, se trata de que mi manera de mirar a esa mujer (al mundo en general) es la que me proporciona mis historias y la forma que tengo de llevarlas al papel.

Ignorar esto sería ignorar la esencia de por qué soy escritora. Evitar nuestra experiencia vital y la manera que tenemos de enfrentarnos a los conflictos que nos trae la vida, es evitar nuestra mirada de escritores. Si lo hacemos, solo nos traerá historias pobres o una guerra sin final contra nuestra escritura.

Un comentario

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  1. Crucita Delgado

    Muy interesante Ines. Totalmente de acuerdo contigo, cada uno de nuestros encuentros con el otro, o con una situacion determinada implica poner en juego nuestras herramentas personales, creadas a partir d’experiencias y vivencias propias. Ellas forman la lente con la que miramos al mundo, y es uno d’los apoyos que poseemos al escribir

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