Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

La tensión narrativa y lo superfluo

Escrito por el 29 mayo 2013 en De escritura en general | 1 comentario

La tensión narrativa y lo superfluo

Trabajar la tensión narrativa es, al fin y al cabo, saber elegir qué introducimos y qué dejamos fuera de una historia. Nosotros, al idearla, podemos haber construido muchos elementos que en nuestra mente tenían sentido, pero que, a la hora de llevarlo al papel, restan tensión por innecesarios. Como con todo, con un ejemplo se entenderá mejor:

Hace poco se me ocurrió una idea con la que fantasee durante unos cuantos días. Se trataba de un relato de ciencia ficción en el que en un futuro no muy lejano (menos de quince años), los ricos eran encerrados y sus riquezas expropiadas. La historia comenzaba en el momento en el que las dos protagonistas, madre e hija, ricas, después de pasar semanas escondidas, deciden entregarse a la policía. Las dos son juzgadas y se les permite elegir entre reincorporarse a la sociedad donde tendrán que trabajar como todo hijo de vecino o exiliarse a una isla donde tendrán que subsistir junto con todos los que hayan decidido marcharse allí.

En mi cabeza, esta historia funcionaba de perlas, pero, cuando me puse a escribirla, me di cuenta de dos cosas: 1) los personajes eran inconsistentes, porque me había preocupado más de atar la cuestión político-social, que de otorgarles un carácter mínimamente creíble; y 2) que no había la mínima tensión que sujetara el argumento.

Tras reflexionarlo con calma, comprendí que la falta de tensión se debía a que el relato comenzaba con una digresión sobre la situación político-social, así como un tratado histórico sobre cómo se había llegado a ese momento; para cuando aparecía la acción, se había agotado ya la poca intriga que podría generar la hipótesis desde la que trabajaba el nóvum, esto es, ¿qué pasaría si consiguiéramos deshacernos de las desigualdades económicas, desterrando a los ricos a una isla y redistribuyendo sus riquezas?

La solución pasaba, pues, por eliminar la digresión y el tratado, que había intercalado con la escena previa al juicio. Así el comienzo del relato se redujo a una adolescente muerta de miedo que esperaba en la antesala de un juicio a ser juzgada por rica. Claro, el relato se convirtió en otra cosa, con más sustancia, todo hay que decirlo, pero casi contrario a lo que yo buscaba: la crítica pasó de las desigualdades económicas a las aberraciones que podemos llegar a hacer en nombre de una ideología, por muy correcta que creamos.

Sea como fuere, el relato ganó en tensión porque discriminé eso que tanto me había gustado imaginarme por la historia que convenía a esos personajes. El planteamiento era el mismo, partía del mismo nóvum, pero la resolución del mismo resultó ser bien distinta, gracias a que me enfoqué en el personaje y no en mi idea.

A veces, como escritores, nos empecinamos en la idea original que nos ha asaltado en la ducha o en el paseo matutino con el perro, y nos olvidamos de la efectividad del relato. Como decía Borges, a veces hay que sacrificar lo insólito por lo eficaz.

Un comentario

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  1. Antonio Forns

    Muy bien, Inés.
    Gracias por el texto, y por tu labor didáctica que voy siguiendo. Sobre esa tensión narrativa y lo superfluo me ha pasado muchas veces al intentar escribir algo, superlativo en mí imaginación, que se me ocurrió “en la ducha”. Me ha aliviado saber que no soy un torpe raro escribiendo.
    Un abrazo

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