Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

«Lucía y la silla», de Rocío Gómez

Escrito por el 23 mayo 2013 en Cazando talentos | 0 comentarios

Lucia y la silla

Ilustración de Veronika Chaves.

Cuerpos grandes y pesados y livianos y violentos y otros calientes y tibios y mojados y algunos son de niños que comen dulces o cantan o hablan solos y otros son de adultos que duermen o se besan o reniegan o suspiran o ruegan o pelean en medio de los silencios incómodos de otros que dejan conversaciones a medias y declaraciones de amor que apenas se escuchan y puedo decir que nacimientos aquí no hubo ninguno y muertes solo una que fue la mía en esta silla roja donde estoy clavada y que queda en la esquina cerca de una ventana de la buseta donde vivo desde hace tres años luego de morirme un domingo de feria por la mañana con la música a todo volumen y yo con las manos llenas de los tomates y las cebollas para la sopa que se quedaron tirados por el pasillo y pegados en las suelas de los zapatos de Carmen y Jacinto y otras veinte personas más que iban ese día desde el norte hasta el sur en esta buseta verde que manejaba Ramiro y que ahora maneja su hijo, porque Ramiro tenía una novia de pelo teñido y uñas rojas que se cansó de vivir en la ciudad y se devolvió para su tierra y se cargó con ella todos sus corotos y su radio y sus tres pares de zapatos y a Ramiro, así que Julián ahora maneja la buseta de domingo a domingo dejando subir gratis por las mañanas a la niña de ojos azules con el pelo ensortijado que estudia secretariado y que vive a unas cuadras de su casa y como nunca cierra la boca casi no me deja oír la conversación de las cuatro mujeres que se montaron más arriba en el barrio; todas tienen los cabellos largos menos una que lo tiene corto como el de mi hermana Lucrecia por eso cuando la vi subir se me saltó el alma porque pensé que era ella y como no la veo desde que me morí en la misma silla en la que está sentada y donde me quedé porque todo pasó tan rápido que mi cuerpo no pudo sacarme de aquí.

Aunque he hecho el intento: me pego fuerte a la gente cuando se abre la puerta para ver si distraída mi alma se deja llevar pero no lo he logrado y siempre me devuelvo de un brinco al mismo sitio y ahora sigo intentando afinar el oído para no escuchar como la niña que estudia secretariado se puso unas uñas nuevas y como por la noche se va a bailar con otros amigos, invita a Julián para que vaya aunque sabe que él no puede porque tiene que manejar la buseta pero como la lleva gratis lo invita y el pobre Julián con cara de enamorado le gasta una gaseosa cuando llega al semáforo donde se para la señora gorda con los dos niños pequeños de ojos grandes y luminosos que las vende y finalmente entre tanto ruido logro afinarlo y escucho la conversación para oír el nombre de la mujer que por supuesto no es Lucrecia sino Consuelo lo que me hace olvidar que estoy aquí y me concentro en la cara de Lucrecia porque ya no me acuerdo de cómo era y tenía la esperanza de que fuera ella por eso me decepciona que no sea y entonces me paso los dedos para quitarle las arrugas al vestido amarillo que tenía ese día y que ya va perdiendo el color y me quedo añorando ver a mi hermana y oírle la risa mientras distraída y ausente oigo a Consuelo decir que ya tienen que bajarse y todas las demás se mueven rápido como si las hubieran jalado con una pita y sin pensarlo dos veces se levantan aceleradas de las sillas y timbran y Julián frena en seco abriendo la puerta antes de que el semáforo se ponga en rojo mientras entre risas y bulla todas se bajan…

…el aire está frío y la luz del sol, que hace tanto no caía sobre mis pecas me acaricia el rostro y cuando subo la mirada puedo ver el cielo azul y las nubes y la calle… ¡Estoy afuera! ¡Estoy en la calle! ¡Salí de mi prisión! El espacio abierto es como terciopelo y puedo moverme con soltura y abro los brazos y suelto una carcajada de alivio como las risas alborotadas y escandalosas de las mujeres y de Consuelo, que ríen felices porque se bajaron antes de tiempo y ninguna se dio cuenta… Yo sabía que era una buena señal ese rostro y que algo bueno pasaría hoy. Entonces respiro profundo y me suelto del piso y suavemente me elevo en el aire hasta tocar las ramas de los árboles con las puntas de los dedos…

Lucía y la silla
Rocío Gómez

[Relato elaborado para una propuesta del taller de Literatura Fantástica A del curso 2012-2013. La ilustración pertenece a Veronika Chaves.]

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