Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

En mitad de un campo de batalla

Escrito por el 11 octubre 2013 en Mi Atalaya | 0 comentarios

Esta es la entrega 5 del proyecto Mi atalaya, en el que cuento cómo superé la bulimia.
Si no has leído hasta ahora ninguna entrada de Mi atalaya, te recomiendo que leas la explicación sobre este proyecto antes de continuar.

9 de noviembre de 2009

Imagina a una guerrera a la que acaban de clavar una espada en el estómago en mitad de un campo de batalla; ella se levanta, se extrae la espada y se marcha a su casa. Antes de que nadie llegue, va al baño, se lava la herida (mortal, que nadie se venga a engaños, la guerrera se está muriendo), la tapa con algodón para que absorba la sangre y se pone una venda alrededor del torso. Se viste y va al comedor. Allí se ha congregado la familia para darle la bienvenida. Todos la abrazan, le dan palmadas, se alegran de que esté de vuelta. Ella lo vive como si estuviera en un sueño, todo le llega en ecos, se esfuerza en comprender y escuchar a los que la rodean hasta que se le olvida de que tiene una herida que sangra y que la está matando.

En enero de 2008, estalló la bomba. Isa pilló al vuelo un comentario que pretendía pasar desapercibido. Estábamos en el Café Ruíz, eran las tantas de la madrugada y llevábamos toda la noche hablando sobre la crisis que Rafa y yo pasábamos por entonces.

—Voy a volver al psicólogo.

—Me parece una buena idea —respondió Isa.

—Quizá busque un especialista en anorexia.

Lo solté con la boca pequeña, como de pasada y lo adorné con una sonrisa de «no es para tanto, no te preocupes». No sé si Isa dijo algo, no me acuerdo, pero sé que en el instante después de pronunciar la palabra prohibida me paralicé de miedo.

—Ya está superado —era Tenia la que hablaba, recuperando el control y buscando la manera de solucionar mi metedura de pata—, pero no me vendría mal tratarlo con un psicólogo, ahora que estoy más fuerte.

La fortaleza de aquella época consistía en comer solo una vez al día, salvo los fines de semana, que no comía. Dos meses antes había tomado la determinación de realizar cinco comidas a la semana. El consejo de un endocrino suele ser que se hagan cinco comidas al día. Yo había decidido reducir mi alimentación de 35 comidas a 5. Lo peor es que me daba la sensación de que comía mucho.

Imagina a una guerrera a la que han clavado una espada en el estómago en mitad de un campo de batalla. Ella lo esconde a su familia no sabe muy bien por qué. Cada día se levanta la primera para que nadie descubra su secreto mientras lo limpia, lo cubre de algodón y lo vuelve a ocultar tras una venda. En esa soledad, sabe que algo no funciona, que eso que hace no es normal, pero ya no quiere desvelarlo. Le da vergüenza. Y miedo. Prefiere convencerse de que es su forma de vida, que no pasa nada y que ella posee la fortaleza más que necesaria para vivir así el resto del tiempo que le queda. Al fin y al cabo, es una guerrera.

Cuando hablé con Isa aquella noche frente a un mojito (si no hubiera bebido, dudo que hubiera pronunciado la palabra «anorexia»), nada de aquello estaba en mi consciente. Tenia había amarrado bien esa información para que no se me fuera por la boquita.

Mi mente aquella noche, y los días que siguieron, me decía que yo había superado la enfermedad hacía tiempo (aunque jamás hubiera seguido un tratamiento y que, fiel a la contradicción, cada dos por tres me negaba que la hubiera sufrido alguna vez), que como estaba en crisis con Rafa me vendría bien ir al psicólogo para superar esa situación y, ya que iba, terminar con ese «problemilla» que venía molestándome los últimos tiempos.

Isa no hizo ni puñetero caso a las intentonas de Tenia de silenciar mi grito de ayuda. Un grito ineficaz por lo silencioso, pero que ella escuchó. La bomba estalló a la semana siguiente: Inés tiene anorexia. (A pesar de que ahora sé que lo que he sufrido la mayor parte del tiempo es bulimia no purgativa.)

Imagina a una guerrera a la que clavaron una espada en el estómago en mitad de un campo de batalla. Ha pasado mucho tiempo y ya se ha acostumbrado a subsistir. Se niega a ver su propia herida y se ha obligado a no sentirla; sin embargo, su mente le devuelve algunos instantes de lucidez, en los que ve como sangra, a pesar de que ya no consiga recordar que es eso lo que le duele. La claridad se desvanece tan rápido que su mente olvida el secreto que custodia y la guerrera regresa a su vida cotidiana, en la que ni ella misma comprende sus propias reacciones. ¿Por qué llora si no está triste? ¿Por qué grita si no está enfadada? ¿Qué es lo que le duele tanto? ¿Por qué se siente tan infeliz si su familia la quiere? ¿Por qué se queja si tiene una vida plena? ¡Qué es lo que no funciona!

Tras la explosión, vino la terapia.

Isa y Mariana me acompañaron a la consulta de Cristina para que asistiera a la primera sesión, a la que fui con las orejas gachas, pero con una sensación dulce: me habían hecho caso, alguien se había preocupado lo suficiente por mí como para darme el empujón que necesitaba y que, en realidad, deseaba desde hacía mucho tiempo.

Creo que no desvelo a nadie ningún secreto si digo que los meses que siguieron fueron un auténtico asco. No es que sufriera más que antes es que ya no podía esconderme que estaba sufriendo.

Imagina a una guerrera a la que una vez le clavaron una espada en el estómago en mitad de un campo de batalla. Nueve años después, cuando la herida se ha malcurado en algunas partes, sigue abierta en otras, ha sufrido infecciones y parte de la carne está putrefacta, decide enseñarle a una amiga la venda, que se cambia cada día para que nadie note que sigue sangrando. Esa amiga da el toque de alarma y la guerrera deja al descubierto la herida. Con la llaga a la vista de todo el mundo, no le queda más remedio que hacerle un poco de caso. El problema es que, justo en ese momento, cuando decide mirarla, empieza a doler. A doler. A doler. A doler. A doler.

¿De verdad crees que la guerrera ha guardado ese secreto tanto tiempo por frivolidad? ¿En serio piensas que lo único que le importa es la belleza de su cuerpo? ¿Cuánto dolor serías capaz de aguantar por vergüenza? ¿Y por miedo?

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