Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

Entre fotografías

Escrito por el 25 octubre 2013 en Mi Atalaya | 0 comentarios

Entre fotografías
Esta es la entrega 7 del proyecto Mi atalaya, en el que cuento cómo superé la bulimia.
Si no has leído hasta ahora ninguna entrada de Mi atalaya, te recomiendo que leas la explicación sobre este proyecto antes de continuar.

9 de agosto de 2013

Últimamente Rafa me enseña las fotos que a lo largo de tantos años —ya van once :)— de relación me ha ido haciendo. Antes o no me las mostraba o yo no quería verlas. De hecho, sigue sin gustarme mucho, aunque ya no me provoque la misma reacción dañina.

Hace algunos años, si veía una foto mía, era bastante probable que, al verme gorda, decidiera reforzar la «dieta»; esto es, dejar de comer lo poco que comía o vomitarlo o cualquier plan perverso que, según mi enajenación, me llevara a perder el mayor número de kilos en el menor tiempo posible.

Ahora veo fotos en las que recuerdo haber pensado que estaba gorda y me sorprendo por lo delgadísima que en verdad estaba. También hay otras fotos en las que lo que veo es la tristeza inmensa que reflejan mis ojos. Me entristece ver a una Inés tan guapa —y delgada— tan triste. Suelo apartar la vista y sentenciar: «Qué malita estaba». Y es que en la mayoría de las fotos que me ha hecho mi marido estaba muy enferma.

Recuerdo ahora una en la comunión del primo de Rafa, que, si mi memoria no me falla —y puede fallarme fácilmente—, es del 2003. Hace ahora diez años. En aquella época, Rafa y yo llevábamos apenas unos meses viviendo juntos y juraría que esa fue la primera ocasión en la que viajé a Galicia a conocer a su familia. Por aquel entonces, ya inmersa en la enfermedad, había saltado de la anorexia a la bulimia no purgativa. Evitaba comer a toda costa, lo que me resultaba sencillo con Rafa porque sus horarios eran bastante estrafalarios: comía en el trabajo, por lo que yo le podía decir que había comido también en la oficina, y no siempre llegaba a una hora prudente para cenar, lo que me permitía afirmar que ya había cenado antes de que llegara; no obstante, mi ansiedad me llevaba a crear un ritual alrededor de las pocas comidas que hacía durante la semana: en ellas, comía más de la cuenta, con lo que me cargaba de culpa para aguantar las restricciones que se sucederían.

ines_andme2003Esta foto, tan sonriente, tan enamorada, tan delgada, me recuerda uno de los momentos más trágicos de mi vida: por lo horrible que era conmigo misma y con mi cuerpo.

Huía de los espejos, aunque no podía evitar mirarme de reojo —una costumbre que no he consigo quitarme, a pesar de que la detesto— y de las fotos. Odiaba mirarme a mí misma, porque en mi reflejo constataba lo gorda que me sentía.

Es difícil de explicar para el que no lo ha vivido, pero no se trataba de que yo «pensara» que estaba gorda sino que realmente me «veía» gorda. Mi mente distorsionaba mi imagen hasta tal punto que lo que los demás veían no era lo mismo que lo que mis ojos contemplaban. Y lo que mis ojos me devolvían era una imagen escalofriante, que mi mente apenas podía asumir.

Mi mayor obsesión era —y desgraciadamente sigue siendo— la tripa. En ella condensaba toda la rabia y el asco que me daba mi cuerpo y yo misma.

En mi primera visita a la casa de mis suegros, me recuerdo mirándome a un espejo del cuarto de baño y asqueando el rictus al fijarme en aquella tripa que yo creía inmensa, asquerosa, despreciable, «qué va a pensar esta familia de ti con estas pintas», me decía, pero sin pronunciarlo, no fuera a escucharlo alguien. Esa familia que, por aquel entonces, yo creía un modelo de felicidad, a quien desde el primer momento deseé agradar, pero a los que parecía no servirles ninguno de mis intentos —¿quizá por artificiosos?, ahora sé lo difícil que es complacer a alguien si tú misma te desprecias con semejante virulencia—. Me miraba en ese espejo y me imaginaba cortándome la carne del vientre, sajándome la tripa, con el deseo inconsciente de que, si quitaba esa carne que yo pensaba que había de más, quizá ellos me quisieran.

El control sobre mi cuerpo ha sido una manera enloquecida de demostrarme lo mucho que deseaba sentirme querida. Cuántos años he necesitado para darme cuenta de que estaba errando el camino. Cuánto dolor he sufrido para comprender que mi cuerpo no es responsable de que otros no me quieran. Cuán distorsionada era la imagen que veía de mi cuerpo y cuán distorsionada mi percepción sobre el cariño que sentían o no los demás por mí.

Ahora miro esas fotos con pena, pero también con alivio. Mi cuerpo ha dejado de ser un enemigo, para convertirse en una más de las víctimas de esta enfermedad. Quizá algún día consiga mirarlo con el mismo amor con el que miro hacia mi interior. Es una asignatura pendiente todavía, pero dadme tiempo, que estoy en el camino de cambiarlo :).

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