Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

Las piezas de mi cuerpo

Escrito por el 7 junio 2013 en Mi Atalaya | 4 comentarios

Las piezas de mi cuerpo
Esta es la entrega 2 del proyecto Mi atalaya, en el que cuento cómo superé la bulimia.
Si no has leído hasta ahora ninguna entrada de Mi atalaya, te recomiendo que leas la explicación sobre este proyecto antes de continuar.

28 de septiembre de 2009

Hace un par de meses, mi terapeuta (en adelante, Cristina) me convino a que mirara mi cuerpo con buenos ojos. Me sugirió que, en vez de mirar solo las partes que no me gustan, observara otras zonas que sí me agradan.

Me quedé enganchada a una idea: «¿Mirar mi cuerpo con buenos ojos? ¡Ni de coña! No sé hacerlo. Seguro».

No me di tiempo ni siquiera para creerme capaz de que podía. Lo había intentado tantas veces, lo de mirarme al espejo y ver algo que me gustara, que probar otra me resultaba cansino.

Sin embargo, lo hice. No sé si por condescendencia a mi psicóloga o porque ya comenzaba a percibir aquello de la confianza (en mí misma, en mi recuperación, en los profesionales que me ayudan, en mi familia, en mis amigos).

Lo que vi fue lo de siempre: una barriga gigantesca, cargada de celulitis, como si fuera una naranja, con su piel rugosa y repulsiva; bajé la vista y mis ojos enfocaron a las cartucheras, a esas dos bolas que sobresalen y me dejan una figura de «niño con flotador». Me dio asco.

Ahora, mientras escribo, no se me quita la mueca de la boca, con el labio superior ligeramente levantado por un lado, con los ojos cargados de repulsión.

Al día siguiente lo volví a intentar. Esta vez ya no era condescendencia, sino cabezonería. Era de noche, había subido al piso de arriba a ponerme el pijama, mientras mi marido (Rafa, en adelante) preparaba la cena. Me desvestí y me puse delante del espejo. Vi lo mismo: la naranja de mi barriga y el flotador de mi muslamen. Pero tenía que buscar algo que me agradara, así que aparté la naranja y el flotador, y me fui a pasear por otros lados.

Primero me fijé en los ojos: pardos. Me gusta que cambien de color, a veces son verdes, a veces marrones claro. Tuve que recordármelo, como quien se apunta en una libreta las tareas que le tocan realizar al día siguiente: recuerda que te gusta el color de tus ojos. Pero no fue eso en lo que me fijé, lo que vi fueron las ojeras, oscuras casi violetas, que adornaban unos ojos pequeños (medianos, según Rafa) muy hundidos (regalo genético de mi abuela materna). No me gustaron. Eso no tuve que anotarlo. Nunca me había fijado en lo poco que me gustaban. Desde entonces se sumaron a la lista interminable de lo que odio de mi cuerpo.

La naranja de la barriga, el flotador de los muslos y el hundimiento de los ojos. Un cromo.

Decidí dejarlo, porque estaba claro que no iba por buen camino.

Cuando bajé a cenar, Rafa me esperaba con la comida en la mesa. No recuerdo qué era, pero sé que le puse cara de asco. La misma que le había puesto a mi barriga, a mis muslos y a mis ojos.

Por puro desgaste, decidí ponerme una serie, lo más alejada posible de mi «problema». Elegí Dexter. La primera temporada se centra en el «asesino del hielo», un psicópata que drena a sus víctimas para luego descuartizarlas; después las deja en algún sito en el que vayan a encontrarlas, con las piezas dispuestas como si pertenecieran a un maniquí.

Unos días después, volví a repetir la misma ceremonia antes de cenar: me quité la ropa, me puse delante del espejo, hice constar en mis notas que la naranja, el flotador y el hundimiento seguían allí. Me quedé en ellos el tiempo suficiente para sentirme una mierda, asquerosa, gorda, celulítica… Pasado el ritual de bienvenida, me fui a mi pelo. Castaño, media melena. No me queda mal, salvo que no es ni liso, ni rizado, y no soy nada diestra en peinados, así que siempre lo llevo o suelto (raya en medio; la odio) o en coleta (frente al descubierto; lo detesto).

No daba una. Me pregunté si habría alguna parte de mi cuerpo que me gustara. Me miré y respondí que no. 100% no había ninguna que cumpliera con los requisitos. Entonces se me ocurrió: mis manos, mis manos de pianista. Me gustan. No hubo comentarios. Ni siquiera el dedo corazón torcido de tanto escribir me molesta, es como un premio al trabajo de escritora.

De las manos, salté a la piel: blanca, casi transparente, tersa, apenas sin arrugas, con un color muy difícil de lograr y del que me siento orgullosa. Tampoco había inconvenientes.

Así que sí que había cosas que se salvaban: el color de los ojos, las manos y la piel.

Me miré al espejo y sonreí: «¿Y qué hago ahora?, ¿las separo del resto del cuerpo cuando quiera verme guapa?».

Ahí, en ese momento, no me di cuenta, pero semanas después comprendí que la única forma con la que, por el momento, consigo verme con buenos ojos es como si fuera el maniquí del «asesino del hielo» que hace la competencia a Dexter en la primera temporada.

Si me imagino desmembrada (sin sangre, que no la soporto), aparto las piezas que no aguanto de mi cuerpo y me quedo con las que sí me gustan, entonces se me quita la mueca de asco y la sonrisa resplandece en el espejo.

4 comentarios

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  1. Tali

    Sigo felicitándote, Inés. Un gran trabajo de valentía.

    Un abrazo.

  2. Stacco

    Muy, muy bueno, Inés. Gracias por compartir.

  3. Mercedes

    Estupendo texto, no tiene desperdicio. Ahora mismo voy a pasar a “jovencitas” por “Mi atalaya” .

  4. ladydragon

    Os agradezco a todos vuestras palabras. Para mí contar esto no es fácil, siempre hay miedo a los prejuicios. Pero la acogida que está teniendo me demuestra lo que tantas veces me han dicho: que merece la pena difundirlo :).

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