Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

Presentación en sociedad de Tenia

Escrito por el 12 julio 2013 en Mi Atalaya | 0 comentarios

Esta es la entrega 3 del proyecto Mi atalaya, en el que cuento cómo superé la bulimia.
Si no has leído hasta ahora ninguna entrada de Mi atalaya, te recomiendo que leas la explicación sobre este proyecto antes de continuar.

5 de octubre de 2009

Este verano empezaron a derribarse pedestales en mi vida. El primero en caer, y tiene su sentido que fuera así después de más de año y medio de terapia, fue el que le había impuesto a mi propia enfermedad.

«Para ser anoréxica tienes que parecer un saco de huesos», «si no se te notan los huesos de la cadera, no eres una buena bulímica».

Es lo que tiene esta enfermedad, es tan sibilina, tan serpiente, que hasta con ella te obliga a ser perfecta. Si no eres la perfecta bulímica, ¿qué eres entonces? Nada.

Al comenzar la terapia, todo el mundo se empeñaba en decirme que sufría una enfermedad. Bueno, mejor dicho, me empecinaba en escuchar que yo era bulímica o anoréxica o las dos cosas. Pero no lo entendía, no me sentía así, porque yo no era un saco de huesos, yo estaba gorda, como mucho acepto (pero solo ahora, después de todo este tiempo) que mi aspecto era normal, en cualquier caso no se me salían los huesos de la cadera, ni pesaba menos del IMC recomendado. Por lo tanto, era obvio que no estaba siendo una buena anoréxica o bulímica. Algo estaba haciendo mal.

—Pero, Cristina, ¿cuál es tu diagnóstico? ¿Soy bulímica o anoréxica?

Se lo pregunté hace mucho, a principios de año o quizá fue a finales del pasado; ahora que lo pienso, probablemente le rogué que me lo dijera unas cuantas veces. Pero solo recuerdo una de las respuestas: «¿Qué importa? Sufres un trastorno de la conducta alimentaria». ¿Por qué no me lo quería decir? ¿Por qué no me desvelaba cuál era mi enfermedad? Qué empeño en dejarme sin respuesta, sin poder poner etiquetas a mi enfermedad. Si solo quería entenderla mejor para poder salir de ella. O eso pensaba entonces.

Ahora creo entender por qué no me lo dijo. Primero por algo lógico: he pasado por muchas fases a lo largo de estos nueve años, unas de restricción, otras de atracón y otras de purga. ¡Qué más da si es anorexia o bulimia! El nombre, la etiqueta, no iba a evitarme ni un solo gramo de sufrimiento.

Pero tiene un sentido que se lo exigiera a Cristina (y por lo que creo que se calló su diagnóstico): si ella me decía que era anorexia, entonces tenía su permiso para restringirme de comer cualquier alimento. Sin embargo, si me hubiera dicho que era bulimia, yo habría escogido el camino de la purga. Le estaba dando a ella, a mi terapeuta, la responsabilidad de elegir de qué modo tenía que castigarme por no ser una «buena enferma».

No fue el caso, Cristina no soltó prenda, así que tuve que elegir yo. Y me decanté por las dos. El verano del 2008 fue la época en la que más daño he hecho a mi cuerpo: durante esos tres meses no comía y lo que ingería lo vomitaba. Aún así, no conseguí mi propósito: seguía sin cumplir con los mínimos para ser una buena anoréxica o una buena bulímica.

Aquí es donde entra esto de los pedestales. Yo había otorgado a mi enfermedad unas cualidades tan insensatas como irreales: la había subido a un pedestal, en el que ella se movía con comodidad porque desde ahí estaba a salvo de la terapia. Por mucho que me dijeran que estaba enferma, yo no lo percibía así porque no cumplía con las cualidades exigidas.

Pero ¿de dónde salían esas cualidades? ¿Me las había inventado yo? Pues no. Decidí no ver la realidad y quedarme con los prejuicios que rodean a esta enfermedad y que, desgraciadamente, hasta la favorecen. Y manda narices que sea así.

Cada individuo decide si quiere ver la realidad con toda su complejidad (o al menos con buena parte de ella) o a través del cristal opaco del prejuicio. Supongo que es más fácil pensar que, para que alguien sufra un trastorno de la alimentación, esa persona tiene que ser un saco de huesos casi incapaz de moverse.

Pero no, lo siento mucho, eso no es el trastorno, sino su estadio más avanzado. Para llegar a ese estado una persona ha tenido que sufrir los anteriores. Y, aquí, creo, está el quid de la cuestión. El que me ha tenido a mí desesperada durante tantísimo tiempo: me sentía un fraude por no encontrarme tan delgada como los prisioneros que sobrevivieron a Auswitch.

Para despertar la atención de la opinión pública —el lado más morboso de ese público—, los medios de comunicación utilizan imágenes de chicas que están en el estadio más avanzado de la enfermedad, por lo que se crea el prejuicio de que eso es la anorexia o la bulimia.

Un prejuicio. Esto es, un cristal opaco por el que filtrar una realidad que a veces nos supera. Porque no hay tantas muchachas que lleguen a ese estado. No debería de generalizar, pero creo que la mayoría de las personas que sufrimos este tipo de trastornos no hemos llegado a ese punto.

¿La razón? Al menos en mi caso la tengo clarísima: si me viera como un prisionero de Auswitch, mi entorno se habría dado cuenta de que sufría una enfermedad mucho antes, muchísimo antes. Si quería resguardarme del mundo y continuar controlando mi autoflagelación, no podía permitir que se me notara. Es decir, me hacía daño, pero sin que nadie lo supiera para perpetuarlo hasta…

Supongo que si no hubiera tenido la suerte de tener el entorno que tengo, tarde o temprano hubiera acabado en ese grado de la enfermedad, o no, o me hubiera pasado el resto de mi vida sufriendo sin que nadie se enterara y poniendo una sonrisa al mundo, sin sentir nada más que ganas de vomitar.

En julio de 2009, por fin, comprendí a Tenia, mi solitaria, la que se ha comido (literalmente) toda mi energía durante los últimos nueve años de mi vida. Tenia es mi enfermedad, es una serpiente que oculta, que es sibilina, manipuladora, que me maltrata, me insulta, me obliga a sonreír cuando quiero llorar o gritar, que no me permite mostrarme, que me avergüenza cada vez que digo algo, que no quiere que me enfade, ni que ame, ni que sueñe, que no me deja reírme.

Vamos, una hija de la gran puta.

Pero esa no soy yo. Es Tenia.

Contra ella va esta entrada. Porque la cabrona pelea, pero yo soy más fuerte.

Tanto que me atrevo a gritar que no soy anoréxica ni bulímica, sino que sufro un trastorno de la alimentación. Que las etiquetas no sirven más que para los médicos. Y ni a ellos, porque Tenia es única y no cabe en ningún libro sobre TCA.

Y lo que más grito, con todas mis fuerzas, para quien quiera mirar la realidad sin cristales que se la tamicen, es que las personas que sufrimos anorexia o bulimia o cualquier otro trastorno de la alimentación no tenemos por qué tener pinta de prisionero de Auswitch.

Es más, puede que tengas al lado a alguien que sufra este trastorno y, quizá, si apartas el cristal opaco y echas a un lado el prejuicio, la veas y la puedas ayudar.

Es lo que tienen los prejuicios: a unos les sirve para no ver y a otros para hacernos más daño.

Este verano cogí la lanza de guerrera y me encaré a Tenia. Me queda una guerra por luchar, pero joder qué bien sienta ganar una batalla a un enemigo que hasta ahora no veías y que, de hecho, pensabas que eras tú misma.

Bautizada quedas, hija de puta, ahora a ver si te atreves a batallar como antes.

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