Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

Un baile con Nemo

Escrito por el 4 octubre 2013 en Mi Atalaya | 1 comentario

Un baile con Nemo
Esta es la entrega 4 del proyecto Mi atalaya, en el que cuento cómo superé la bulimia.
Si no has leído hasta ahora ninguna entrada de Mi atalaya, te recomiendo que leas la explicación sobre este proyecto antes de continuar.

12 de octubre de 2009

Foto de Nemo, el gato cascarrabias

El gato cascarrabias

Hace un año que murió Nemo.

El diez de octubre de 2008 se despedía de mí en el hospital veterinario. Miramos juntos por la ventana y nos abrazamos por última vez. Me fui con la esperanza de que se curaría. A la mañana siguiente, a las doce menos cinco, cuando me estaba preparando para ir a visitarlo al hospital para cargarlo de energías y de ganas de vivir, me llamaron del veterinario y me dijeron que acababa de morir hacía unos minutos. Cuando colgué, me di cuenta de que el día anterior se había despedido de mí, sus ojos me decían que sabía que ya podía irse, que me dejaba en buenas manos, que ya no lo necesitaba.

Pero, joder, Nemo, te fuiste justo cuando podía empezar a resarcirte por todos los años en los que cuidaste tú de mí. No me dejaste que te demostrara que podía quererte mejor. Y esa espina sigue clavada.

Un año y todavía lo echo de menos, todavía me siento culpable, todavía estoy enfadada porque me dejara el único cómplice de mi silencio.

Supongo que sentir todo esto por un gato, que además tenía catorce años cuando murió, debe de parecer una exageración. Pero yo sé lo que nos unía y sé que durante muchos años él era el único que me comprendía. Y el muy idiota se fue justo cuando yo empezaba a curarme.

Para que alguien pueda comprender por qué estoy escribiendo con un nudo en el pecho, por qué tengo que parar de vez en cuando para secarme las lágrimas, por qué me siento tan miserable con este tema y por qué no he hablado de ello durante un año entero, como si nunca hubiera pasado, para que se pueda comprender, digo, me tengo que remontar al día en el que llegó a casa.

Mi prima Marisa nos regaló a mi hermana y a mí, en abril del 94, un gatito gris perla. Era un cachorrito díscolo, pero con un pelaje tan bonito y unos ojos verdes tan sagaces que me encariñé enseguida. Como mi hermana se marchó a Estados Unidos aquellas Navidades, el gatito se quedó a mi cuidado. Desde entonces no me separé de él.

Primer plano de NemoNo fui yo quien le puso el nombre de Nemo, sino que llegó ya con él puesto. Nemo, de Little Nemo, del cómic de Winsor McCay. Nemo, de Capitán Nemo, de Veinte mil leguas de viaje submarino. Nemo, de ‘nadie’ en latín.

Visto desde ahora, con los recuerdos en las manos, no había un nombre más apropiado para un animal que convivió con una chica que se creía menos que nadie.

En el 94, mi hermana se fue, y unos meses después lo haría mi hermano, así que en casa quedamos mis padres, Luna (una pointer con la que crecí y que fue mi otra confidente), Nemo y yo. Luna se convirtió en la maestra del gatito, que la seguía a todas partes: ella saltaba la chaiselong y ahí iba detrás él, aunque se quedara despatarrado en medio del sofá; ella devoraba la comida en su plato, que estaba en la cocina, en el hueco que había debajo de la encimera y ahí comía también él, en un platito junto a su maestra, engullendo el pienso lo más rápido que podía para que la perra no se lo comiera en cuanto vaciara su cuenco.

Nemo se convirtió en un gato-perro. No atendía al típico bisbiseo, sino a los silbidos. No se repartía la comida a lo largo del día, como suelen hacer otros gatos, sino que se lo comía todo de golpe. A mis padres y a mí esto nos hacía mucha gracia.

Pero Luna no le inculcó el cariño que ella desprendía a raudales. Nemo no dejó de ser díscolo. No soportaba que lo molestaran. Si tenía que arañar, lo hacía. No ronroneaba, ni se restregaba en las piernas de sus amos. Apenas maullaba. Nemo pasaba el día en silencio, lo más solitario que podía. Enroscado en el sofá o en la almohada de mi cama.

Aprendió algunas conductas de Luna, sí, pero su carácter lo forjó a mi lado. Mientras yo actuaba para el mundo, blandiendo una sonrisa que me desconectaba de todo sentimiento y de mis prójimos, a Nemo le tocó representar el papel de espejo: él reflejaba lo que yo sentía por dentro. Si estaba enfadada, él estaba rabioso. Si estaba dolida, él arrastraba por la casa un maullido de lamento. Si estaba alegre, botaba. Si estaba triste, se acurrucaba en algún hueco a llorar por los ojos verdes. Si me dolía el alma tanto que me atacaban los deseos suicidas, entonces él venía y se dejaba acariciar.

Nemo fue durante mucho tiempo el espejo en el que veía mis sentimientos. Hasta tal punto me acostumbré a que el gato me dijera lo que sentía, que cuando se me subía encima para acariciarlo, se despertaba una alarma: «Algo debe de pasarme si Nemo viene a mí». La mayor parte de las veces ni siquiera podía descifrar qué era lo que me sucedía, pero si Nemo me dejaba acariciarlo, si él se subía encima de mí y ronroneaba, solo podía significar que yo estaba mal y que necesitaba que él me cuidara.

Dependía de un gato para conectar conmigo misma.

Así es la vida. Supongo. Por mucho que te esfuerzas en alejarte de ti misma y de tus sentimientos, siempre hay algo o alguien que te los devuelve. Decía un terapeuta al que fui hace algunos años (y al que, por cierto, jamás le conté que tenía problemas con la comida) que uno no es tonto, puede que nos intentemos engañar sobre lo que somos o lo que vivimos pero, en el fondo, sabemos la verdad.

Mi verdad me la contaba Nemo cada día.

Ahora me esfuerzo por recordarlo y me vienen a la cabeza algunas imágenes de dos momentos claves de nuestra vida: la primera cuando vivíamos en Alemania, la segunda cuando nos acabábamos de mudar al piso de Rafa.

A Alemania nos marchamos los dos con ocho cajas llenas de libros, una maleta de ropa y un ordenador. Nos instalamos con Michi, mi ex (aunque entonces era mi novio), en el piso de arriba de una casa destartalada. Se encontraba en Deutenhausen, un pueblecito a 40 kilómetros de Múnich. La imagen que me viene es la de Nemo mirando por la ventana, con la vista fija en el horizonte blanco de nieve. Recuerdo que al verlo, me dio la sensación de que Nemo se sentía solo. «Pobrecito, echa de menos a Luna. Aquí es que hace mucho frío». Se pasaba los días debajo del edredón de plumas. Igual que yo, apalancada en la cama y en la tele, sin leer, ni escribir, sin hablar con nadie. En silencio. Los dos. A veces, creo que por pura rabia, Nemo me mordía la nariz o el dedo gordo del pie. Creo que quería que me espabilara, que me diera cuenta de lo infeliz que me sentía. Pero yo le contestaba con una patada o con un guantazo.

Cuando lo único que te sujeta a la realidad es un animal que no habla, es fácil soltar la mano y la rabia. Cómo lo siento, Nemo, cómo me duelen ahora cada uno de los golpes que te di, pero es que no podía verte, no podía escuchar lo que me estabas gritando a base del único lenguaje a tu alcance: la empatía.

Y lloro, pero no sé si es por lo mal que le traté o por el daño que me hice a mí misma.

¿Cómo pude vivir sin saber que sufría? ¿Cómo pude depender tanto de un gato? ¿Por qué me he querido tan poco? ¿Por qué coño se tuvo que morir antes de que yo entendiera lo que se había pasado catorce años contándome?

Casi tres años después, cuando no comer ya se había convertido en un hábito, cuando la báscula era el electrodoméstico indispensable de mi vida (y el que marcaba cuándo podía alegrarme —cien gramos menos— o cuándo debía hundirme —cien gramos más—), nos fuimos a vivir con Rafa. A los pocos días, Nemo empezó a hacer de las suyas: se cagaba en la esquinas del salón en vez de en la arena y comía con ansiedad lo que luego vomitaba.

A Rafa le ponía nervioso. A mí lo que me daba mayor apuro era que el gato se cagara por las esquinas. En lo otro no pensaba. Como me sentía culpable, intentaba enmendar al gato para que no lo hiciera. Pero ¿cómo se corrige una llamada de atención si a quien va dirigida no la escucha? ¿Cómo podía pretender corregir ese grito del gato si yo, con 24 años, todavía mojaba la cama algunas noches?

Y le pegaba. Le pegaba para que no lo repitiera. Y me golpeaba en la cabeza para que no se repitiera. Nunca delante de Rafa. Él no se podía enterar de nada. Era una cosa entre Nemo y yo. Nos zurraba a los dos, primero al gato y después a mí. No se podía repetir.

Pero volvía a pasar, porque nunca nos escuché. Y para cuando empecé a hacerlo, creo que Nemo ya estaba agotado y se dejó morir, sin permitir que me resarciera y lo cuidara, como él me cuidó a mí.

Y lo siento tanto, Nemo, siento tanto no haberte escuchado.

Recuerdo que Rafa también intentó que cambiara sus hábitos alimenticios. La verdad es que dicho así tiene guasa. En aquella época, cuando Rafa le intentaba enseñar a que comiera con menos ansiedad, yo me parapetaba en la sonrisa. Cuando Rafa decía «este gato parece bulímico», yo me escondía en las carcajadas.

Un gato bulímico. Qué ocurrencia.

Qué horror.

Qué daño le hice.

Y cuánto lo quise.

Cuánto lo quiero todavía. Tanto que no sé decirle adiós, que me mantengo enganchada al dolor que nos infligí, tanto que sus cenizas siguen escondidas detrás de los libros caros —los de bibliófila— a la espera de que algún día me perdone y pueda, por fin, esparcirlas en aquellos lugares en los que fue feliz, porque en esta tragedia había días que despegábamos el vuelo y nos dejábamos disfrutar de las vistas de las ventanas o del sol del mediodía o de la luz de la luna y mirábamos al mundo, al horizonte, abrazados, ronroneándonos el uno al otro; o bailábamos, él con sus patitas alrededor de mi cuello y yo apretándolo fuerte, para que se supiera seguro. Y dábamos vueltas y sonreíamos y nos hacíamos compañía. A pesar de la tragedia o, quizá, gracias a ella.

Un baile más, Nemo, cómo me gustaría que me otorgaras un baile más.

Aunque sé que a tu manera supiste despedirte de mí, porque aquel diez de octubre te sujeté con fuerza mientras alargabas el cuello para observar la calle y tus ojos verdes nos llenaron a los dos de esperanzas. Entonces pensé que la esperanza era que te curarías, hoy creo entender que me dejaste para que yo pudiera despegar sola y que tus ojos estaban llenos de una esperanza que todavía no comprendo bien, a pesar de que me aferro cada día más a ella: la confianza de que me curaré.

Y, sin embargo, Nemo, un baile más, cómo me gustaría que bailáramos una vez más.

Foto de Nemo, el gato cascarrabias

Adiós, Nemo, buen viaje.

Un comentario

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  1. Lucia

    Jamas escribo comentarios, llevo rato leyendo tu blog, tengo problemas parecidos a los que tuviste, quizá no tan extremos, yo tenia una perrita y has hecho que entienda y que llore como hace tiempo que no hacia! Excelente relato, me he emocionado mucho! Gracias!!

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