Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

Un calorcillo extraño

Escrito por el 18 octubre 2013 en Mi Atalaya | 0 comentarios

Esta es la entrega 6 del proyecto Mi atalaya, en el que cuento cómo superé la bulimia.
Si no has leído hasta ahora ninguna entrada de Mi atalaya, te recomiendo que leas la explicación sobre este proyecto antes de continuar.

21 de octubre de 2009

—Y esto que siento ahora mismo, ¿qué es?

—Orgullo —contestó Rafa.

—¿Orgullo?, ¿de qué?

—De ti misma.

Íbamos en el coche de vuelta a casa. Eran las seis de la mañana. Conducía yo porque él había tomado más tequila de la cuenta. Ese sábado apenas bebí una copa (muy ligera) de ron con limón; era lógico, pues, que llevara el coche, a pesar del revoltijo emocional con el que cargaba.

La cena mexicana es una fiesta que nos reúne a unos cuantos amigos una vez al año desde hace ya tres o cuatro. Es en la casa de Pack, pero cocinan Nacho y la Peque, que es mexicana. Traen tequila y preparan tacos y nachos.

Me lo había apuntado en la agenda, pero luego había decidido no acudir, cada vez me cuestan más las reuniones multitudinarias (todas las que sobrepasen a tres personas). Ya había tenido la experiencia hacía poco de la inauguración del curso escolar en la sede de la Escuela de Escritores, donde me pasé toda la noche escondida en el balcón conversando solo con aquellos que se aventuraban a salir y me encontraban acariciando a un árbol al que la polución del centro de Madrid había enfermado. Quien se atrevía a hablarme, recibía respuesta. Pero mientras nadie me dirigiera la palabra, yo me mantenía escondida. Si iba a una fiesta a ocultarme de los asistentes, ¿no era más sensato que me quedara en casa?

Supongo que la inercia (y el deseo verdadero de ver a mis amigos) fue lo que me condujo hasta la casa de Pack. Sin ganas de hablar, ni de que nadie me diera su opinión sobre lo último que había escrito en Mi atalaya ni de que, por favor bendito, me preguntaran qué tal estaba.

Cuanto más comprendo lo dependiente que soy de lo que me dicen los que me rodean, menos ganas tengo de escucharlo. No porque no me interese, no porque me dé igual, ni mucho menos, sino porque no sé qué hacer con ello.

Estoy aprendiendo, poquito a poco y con pasos bastante inseguros, a escucharme a mí misma y a no depender tantísimo de la opinión de los demás. La clave de esta frase es el gerundio: aprendiendo.

Todavía no lo he conseguido. Si alguien me dice que le gusta la camiseta que llevo, asumo que para agradarlo tengo que ponérmela siempre que lo vea, a pesar de que ahora sé que esa persona quizá ni se dé cuenta porque puede que no se acuerde de que me lo dijo. Pero yo me siento en la obligación de llevar la camiseta, me apetezca o no.

Con estas llegué a la fiesta, sin ganas de responder al maldito «¿qué tal estás?» (¿y si contesto que mal?, ¿qué pasaría? Buf, molestaría y eso es sinónimo de que no me quieran) ni de que nadie me dijera qué opinaba de mí, de mi aspecto, de mi trabajo, de mis mensajes, de mi blog.

Pack me abrió la puerta, saludé a los que no conocía (parejas de amigos, sobre todo) y me escabullí hacia la cocina, lejos de las dos mesas grandes que había en el salón y que rebosaban gente y comida.

La clave de lo que ocurrió, ya lo he dicho, es el gerundio: estoy aprendiendo. Quizá no sea independiente en lo emocional, pero empiezo a alejarme de la obsesión por agradar a todo el mundo. Ya no contesto que me encuentro bien si resulta que es lo contrario, ni siquiera si no sé cómo me siento (cosa que es habitual; cuando una pasa de no sentir nada a contactar con lo que ocurre en su interior, la mayor parte de las veces no tiene ni la más repajolera idea de cómo nombrar lo que está notando).

Tal vez no diga que me encuentro mal, pero ya no respondo con una sonrisa y un «muy bien, gracias» que relegue mis emociones a un palmo del suelo.

Quizá no sepa qué hacer con las opiniones de los demás, pero las escucho intentando no usarlas en mi contra. Digamos que, si un amigo me dice que le gusta mi camiseta, ya no pienso que es mentira que, en realidad, lo que se ha guardado es que los pantalones me quedan fatal y que en conjunto parezco una cebolla, maloliente y gorda.

Si sumamos lo que acabo de contar con el gerundio, la clave de todo esto, comprenderéis lo que ocurrió el sábado:

  1. Estoy aprendiendo a contactar conmigo misma.
  2. No utilizo los comentarios bienintencionados en mi contra.
  3. Ya no escondo cómo me siento.

Por eso, cuando Berna apareció por la cocina y me argumentó con ese entusiasmo tan suyo que el blog estaba bien escrito, que no solo era la historia de una persona que sufre un TCA, sino que era una narración contada con el oficio de una escritora que se lo había currado durante años, a mí me entraron ganas de correr, pero me quedé sentada y la escuché. Y podría haberme dicho que exageraba, pero el caso es que no lo hice. El gerundio tiene la culpa, supongo. Me dejé sentir, aunque sin saber qué era ese sentimiento. Una especie de calorcillo, una aceptación, un estar de acuerdo que me resultaba tan extraño.

Luego, a lo largo de la noche, no sé cómo, acabé con Elisa y ella, que no me conoce (aquel día fue la primera vez que nos vimos), me dijo que se había emocionado. ¿Algo escrito por mí emociona? Podría haberlo tirado por tierra: una exageración más. Pero no, no lo hice, intensifiqué el calorcillo. Porque era yo quien aumentaba la aceptación, era yo quien estaba de acuerdo con lo que me decían, por muy extraño que me resultara.

No fueron las únicas. Ahí estaba Isa con su «ojalá lo lea mucha gente» o Pableras asintiendo a cada palabra que decía Berna. Fue de lo más raro. Percibí como si todos los reunidos estuvieran de acuerdo en que Mi atalaya, mi blog, merecía la pena, no solo para mí, sino para los que lo leyeran, tuvieran o no un TCA.

Y a mí no me dio por tirarlo por tierra. No lo cuestioné.

Decidí quedarme con ello y estar de acuerdo.

Es tan raro.

Me resulta tan difícil comprender qué es este calorcillo que aún hoy permanece, impertérrito.

Incluso ahora, cuando escribo esto, me da miedo que suene prepotente o, peor aún, que rezume una seguridad que me aterra. Es como si necesitara, tras este descubrimiento, gritar que en realidad yo pienso que soy una mierda.

Pero, joder, el cabrón del calorcillo no se va. Quizá yo no valgo nada, pero este proyecto sí. Y eso es lo más extraño de todo.

A las seis de la mañana, cargada del calorcillo, de la extrañeza y de la incapacidad de ponerle un nombre a todo ello, cuando íbamos por la A1 de vuelta a casa, se me ocurrió preguntárselo a Rafa:

—Y esto que siento ahora mismo, ¿qué es?

—Orgullo —contestó él.

—¿Orgullo?, ¿de qué?

—De ti misma.

Al parecer, el calorcillo se llama «orgullo de uno mismo». Quizá suene increíble, pero lo cierto es que nunca me he sentido así, al menos que yo recuerde.

El sábado diez de octubre, por culpa del gerundio, descubrí que podía sentirme orgullosa de mí misma.

¿No es raro?

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