Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

«Nueva York»

Escrito por el 8 julio 2012 en Relatos breves | 9 comentarios

«Nueva York»

Bajó del taxi amarillo. Podría haber cogido el metro, pero la última vez ya se había prometido que no cometería de nuevo semejante estupidez; le costara lo que le costara, no pisaría el suburbano neoyorquino. El precio fueron cincuenta dólares. Aceptable. Miró a su alrededor.

La ciudad no había cambiado gran cosa en diez años. Olía igual de mal, al atardecer las aceras ya estaban repletas de bolsas de basura, no había bancos donde sentarse, ni ninguna maldita papelera. Nunca le había gustado. Detestaba Nueva York. Pero algo había en su destino que la devolvía una y otra vez allí. Cuando su hermana por fin se marchó de aquella ciudad de espanto, creyó que ya nunca más regresaría. Se equivocó.

Introdujo el maletín del portátil en el asa de la maleta, la inclinó y tiró de ella hacia la acera. Sorteó un par de cubos de basura. Una novedad en Nueva York: por fin empezaban a utilizarlos. Arrugó la nariz cuando se topó con los desperdicios de la siguiente tienda de la avenida Church. Giró a la derecha por la calle Albany. Al menos había tenido la decencia de no irse a vivir a Manhattan. Si había algo que odiara más que Nueva York, era Manhattan. Seis veces había estado en la ciudad y seis veces había tenido que patearse esa isla del demonio, larga como ella sola, abarrotada de gente como si fuera una arca de Noé en llamas de la que los habitantes de aquel lugar maloliente no pudieran escapar. Pero, en fin, resopló, al menos él vivía en Brooklyn.

Caminó recto por la calle Albany. Paraba cada dos por tres porque las ruedas de la maleta se quedaban encajadas en las grietas de la acera. Cada vez que ocurría, ella resoplaba y maldecía Nueva York. Pero allí estaba de nuevo. Y no por su hermana, ni por sus sobrinas, ni por trabajo, ni por su marido. Suspiró. El número 888 no podía quedar muy lejos. Ocho, ocho, ocho. ¿Significaría algo? Bobadas. Apartó la idea con un manotazo al aire.

En el aeropuerto de Madrid, Yumma, su hija mayor, le había dado un abrazo y luego había regresado, muy firme, a la vera de su padre, que sonreía con una mueca forzada. Ya tenía ocho años. Los mismos que llevaba ella sin saber de él. Se había prometido no volver a verlo. Por su marido. Por su felicidad, se había dicho entonces. Él se había marchado a Nueva York, a cumplir su sueño de juventud. La maleta trastabilló.

—Maldita ciudad llena de boquetes —despotricó en voz alta, pero no había transeúntes que la escucharan. Solo estaban ella, la maleta y la incertidumbre que mariposeaba en su estómago como si fuera una niña pequeña, como si no supiera que estaba cometiendo, de nuevo, el mismo error.

Quince años de matrimonio. Dos niños, una casa con parcela, dos perros, tres gatos. Había logrado durante mucho tiempo la felicidad o, al menos, una serenidad que ni era tristeza ni alegría. Comenzaron los trámites de la adopción de Yumma poco después de que él se marchara a Nueva York. Su marido calló entonces. Ella nunca le contó nada y él jamás preguntó. Tampoco lo hizo cuando, un mes atrás, le había anunciado que se marchaba a Nueva York ella sola. Que necesitaba despejarse.

Durante ocho años había intentado olvidarlo. Conformarse con la vida que ella misma había elegido. Fue su decisión. Le dijo que iban a formar una familia, que no podían seguir juntos. Y él se marchó con todas sus cosas, como si nunca hubiera existido. Ella se quedó en el chalet, esperando a que llegara su primera hija adoptiva, mientras aceptaba que la serenidad era lo que los haría felices. Pero no dejó de pensar en él, en cómo sería todo si siguiera en Madrid.

Recordaba sus besos de labios finos y las caricias con las que recorría su cuerpo, con las que lograba que nada fuera más importante que el siguiente abrazo. En soledad, cuando nadie podía entorpecer sus ensoñaciones, repasaba los momentos que estuvieron juntos. A ella volvía el deseo que se convertía en hambre, la mirada que gritaba que quería comerla. Preciosa. Con él siempre se sintió preciosa.

Ella había buscado en los ojos de su marido la misma mirada, pero no la había encontrado. Y eso la enfadaba. La enfadaba tanto que su marido no la acariciara con la misma delicadeza, que no la hiciera sentirse una mujer deseada. Cuando hacían el amor, se esforzaba para que no se le colara la imagen de él, ni ese deseo que la volvía ciega y que bien sabía que no se lo provocaba su marido, por mucho que se hubiera obligado a sentirlo; y que de tanto forzarlo solo había conseguido que su vida sexual se redujera a recuerdos y a una culpa enquistada, como la montaña de cenizas que impiden que la lumbre prenda en el hogar.

Rafa Turnes | In a Sentimental Mood | Sep. 2007

Rafa Turnes | In a Sentimental Mood | Sep. 2007

Ocho, ocho, ocho. Ya estaba delante del edificio: era una casa de dos pisos, de un blanco sucio muy propio de aquella ciudad. Se quedó de pie, frente a la reja que circundaba el jardincito de entrada.

Hacía un mes, mientras organizaba la biblioteca se había topado con Las amistades peligrosas, el primer libro que le había regalado; entre las páginas había guardado una carta que él le había escrito al principio de conocerse, mucho antes de que ella le dijera que era mejor que no se volvieran a ver, que iba a formar una familia. La carta hablaba de su sueño de acariciarla cada noche, de saborearla a mordiscos. Lloró en su biblioteca, a solas, toda la mañana, hasta que los niños volvieron del colegio. Ese día le dijo a su marido que se iba a Nueva York, que ya había comprado el billete y que necesitaba tiempo. Él no dijo nada.

No había olvidado ni uno solo de los momentos que pasaron juntos en esos meses en los que ella lo escondía de su marido, de su familia, de sus amigos, cuando el único que conseguía que le hirviera la sangre debía fingir que solo era un amigo. Solo un amigo.

Anduvo hasta la puerta de entrada. Acercó el dedo al timbre.

Cuando lo vio por última vez, él le había dicho que serían amigos, que se verían, que hablarían por teléfono, que se escribirían mensajes de correo electrónico. Pero se marchó a Nueva York. Como si ella nunca hubiera existido. Y ella se quedó en Madrid, formando una familia. Quería a sus hijos y a su marido. Pero cada día durante ocho años, él la había habitado. En su memoria. Lo había echado de menos hasta rabiar. Hasta no aguantar aquella herida diminuta que no cesaba de sangrar recuerdos.

Cerró los ojos. Estiró el índice hacia el timbre. La mano le tembló un instante. Exhaló un suspiro y llamó.

Hubo ruidos en el interior de la casa. Estuvo a punto de darse la vuelta. ¿Qué sentido tenía aquello? Tres ochos no significaban nada. No le dio tiempo a reaccionar: una mujer de pelo castaño, como el suyo, de altura media, como ella, abrió la puerta con una sonrisa.

Is Vicente at home? —le tembló la voz; la sangre le palpitaba con la fuerza de dos titanes que le presionaran las sienes.

La mujer dijo algo que no entendió. La miró con la vista perdida en el suelo de gres, que no se parecía en nada al parqué que ella había elegido con mimo para su casa. Se escuchó una voz dentro que provocó que toda la sangre se le acumulara en el pecho y bajara de golpe hasta su vientre, las piernas le tiritaron. La mujer volvió a decir algo que ella no comprendió. Y al fin, él apareció. Bajó la vista al suelo y sintió cómo se sonrojaba. Qué estúpida había sido.

—¿Sara?

Quiso que la tierra y el cielo dieran marcha atrás y la devolvieran a la biblioteca, que la permitieran ignorar aquel dichoso libro, para seguir con su vida de serenidad, niños, marido, perros y gatos.

Vicente le pidió a la chica que volviera dentro. Acercó una mano a la barbilla de ella y la obligó a mirarlo. Aquellos ojos castaños ya no contenían todo el deseo del mundo. Nunca más volvería a ser preciosa.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo…?

Ella se encogió de hombros.

—Quería verte. —Él no habló, solo apartó la mano de su cara—. ¿Cómo se llama? —Fue lo único que se le ocurrió. Como si le importara el nombre de aquella mujer, como si no deseara salir de allí, huir de aquellos ojos que ya no la deseaban, que le estaban robando sus recuerdos, la parcela en la que se había resguardado de esa serenidad que la aplastaba desde hacía ocho años.

—Sophie.

—¿Eres feliz?

Él asintió. A ella se le secó el cuerpo.

—¿Quieres pasar? —dijo él, con apuro.

Qué tonta había sido.

—No. Solo quería verte… No sabía que…

Se dio media vuelta y se alejó todo lo deprisa que pudo, sin reparar en los tropezones de la maleta, ni en las bolsas de basura. No corrió, ni vertió una lágrima. Caminó rápido. Sin mirar atrás. Cuando llegó a la avenida Church, esquina con la calle Albany, se detuvo, llenó los pulmones de aire y llamó a un taxi. No veía la hora de marcharse de esa maldita ciudad. Cómo detestaba Nueva York.

Inés Arias de Reyna
Pedrezuela 19 de agosto 2010

9 comentarios

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  1. Ignacio

    Hola Inés,
    Gracias por publicar el relato. Creo, desde mi humilde opinión, que valía la pena desempolvarlo y compartirlo :)

    Besos,
    Ignacio.

    • ladydragon

      Gracias a ti por leerlo. Si un relato, después de dos años, me conmueve, creo que merece ser publicado :). Y supongo que ya estoy cansada de guardar mis relatos por si algún día algún premio me los premia o algún editor decide publicarlos. Prefiero compartirlo con aquellos lectores que se acerquen por aquí.

  2. Altea

    Me encantó!
    Es genial encontrar finales sinceros,

  3. Mer

    Me alegro de haber conocido tu blog a través de un relato. Muchas gracias por compartirlo. :)

    Es curioso, llevo años sin escribir y de pronto, la otra noche, comencé un relato. Sin embargo, no sé si alguna vez seré tan valiente como para publicar algo que yo haya escrito. De momento, me conformo con el sueño de publicar lo que escriban otros… que ya con ese sueño tengo trabajo para rato.

  4. Oskar FG

    hola Ines…espero que estes muy bien….hermoso relato! En verdad que lo disfrute….espero que estes muy bien….:)

  5. Rafa

    me ha gustado mucho. Tiene vida y la vida es muy parecida a lo que sucede en este relato

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