Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

¿Por qué leo?

Escrito por el 19 julio 2012 en De escritura en general | 5 comentarios

Barquito de papel

Tanto si sois escritores como si sois aprendices, seguro que más de una vez habéis respondido a la pregunta de por qué escribís, pero ¿y a la de por qué leéis? ¿Sabría yo misma responder a esta pregunta? ¿Por qué lees, Inés? Porque no concibo la vida sin un libro, sería la respuesta más fácil. Aprendí a leer antes de descifrar el significado de los símbolos de nuestro alfabeto; mis primeras lecturas se remontan al balanceo de la mecedora en la que mi madre se sentaba para darme de mamar: me sujetaba con un brazo, al tiempo que con el otro agarraba el libro que leía en voz alta. Antes de que en el colegio me enseñaran que cada letra representaba un sonido, mi imaginación ya había sido bañada por los cuentos que obligaba a leer una y otra vez a mi madre. El que con más insistencia tuvo que releer fue «La Sirenita», de Andersen. Cómo disfrutaba de ese relato, de la espuma que ondeaba en el agua y me provocaba una melancolía que a mi madre siempre le asombró. No eran las descripciones de las sirenas, ni la vida bajo el mar, ni la relación con el príncipe lo que siempre me gustó de ese cuento, sino el final, esa espuma que reverbera aún en mis recuerdos.

Dice mi maestro Enrique Páez que «a escribir se aprende escribiendo; y a vivir, a pensar y a ser libres, leyendo». ¿Por qué leo? —regresa la pregunta—. Porque busco una respuesta, me contesto: quiero saber de donde viene esa melancolía que ni mi madre se explicaba. No la he encontrado todavía; a cambio he hallado otras respuestas que me han regalado más preguntas que han convertido mis lecturas en una búsqueda incansable por comprenderme, por entender el mundo y la angustia que lo habita, que me doblega y me lanza a la rebelión. Pero también porque con cada descubrimiento provocado por una lectura se produce una especie de alivio, una descarga del peso que acumulo en los hombros: «Ah —suspiro—, es esto lo que sentía. Y es normal. Otros lo han vivido antes que yo».

Espero de cada libro una respuesta a alguna de las innumerables dudas que me asolan desde que tengo conciencia y, cuando la encuentro, me libero de un peso titánico. También exijo a esos libros que me revelen nuevas preguntas, para que la búsqueda continúe hasta el mismo día de mi muerte, que espero que se produzca de una forma similar a mis primeros meses de vida: alguien que me lea en voz alta, mientras yo me balanceo en una mecedora.

Luego están las sensaciones que van parejas a la lectura y que, una vez las has sentido, las necesitas como una droga y que, según el criterio lector se va endureciendo, cada vez son más escasas.

Primero está ese instante que se resume con una exclamación («¡era esto, claro que sí!») o con un leve asentimiento («es verdad, es verdad, esto lo he vivido»). Ese trance en el que un libro te descubre una realidad nueva o te reafirma la que ya conoces. Un momento tan íntimo que describirlo resulta casi una blasfemia, porque cada uno lo vivirá a su manera y todas serán igualmente maravillosas.

También está esa circunstancia mágica que logran las buenas historias: la de sustraerte de tu realidad e introducirte en un mundo distinto. Cuanto más progresivo es el rapto, mejor es el regreso: ese segundo en el que te das cuenta de que tu mundo ha dejado de existir, que tus preocupaciones o tu vida cotidiana han abandonado el primer puesto en tu mente, para dar paso a un relato que te ha subyugado. No se trata solo de que hayas participado de la historia, de que hayas aceptado que lo que lees es ficción, es un paso más allá, es que durante unas horas no has sido tú, has sido la historia.

Cuando estas dos cosas ocurren (la catarsis y la inmersión), es fácil que venga esa otra sensación: la de no querer que finalice el libro, la de saber que echarás de menos el mundo, los personajes, las situaciones. «Que no acabe —te dices con el avance de las últimas páginas—. No quiero que se termine».

Todo esto me ha convertido en una lectora adicta, que necesita la lectura tanto como la comida o el sueño. Creo que podría vivir sin escribir, pero sé que una vida sin libros no sería una vida que quisiera para mí. Antes que escritora soy lectora.

5 comentarios

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  1. Santiago

    Se podría interpretar la lectura y la escritura como el anverso y el reverso de la misma moneda. No se puede escribir sin leer, y se puede leer sin escribir, pero entonces, creo, que quizá el nivel de lectura es menor porque la perspectiva es distina.

  2. Rubén Pesquera Roa

    ¡Exacto! Esa sensación de que no quiere uno que se acabe el libro, a pesar de saber que ahí atrás tenemos toda una biblioteca por leer. La paradoja de los libros es que son nuestros favoritos cuando los leemos, cuando los acabamos de leer; y son como el amor, que no se divide, se multiplica. Al final de nuestro camino pensaremos en todos los libros que hemos querido y entenderemos que la palabra favorito —al menos en literatura— es una de las que menos significado tienen.

  3. Kaplan

    Porque me gusta, porque me divierte, porque me entretiene, porque me instruye. Porque me integra en el mundo. Creo que la lectura es el mayor método de comprensión del otro que existe.

  4. Francesca Blanch

    Porque leer ha dirigido y ensanchado mi vida desde que soy capaz de recordar. También estoy segura que no podría vivir sin la lectura. Para mí, estar tranquila y feliz significa estar leyendo.

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