Inés Arias de Reyna

Reseñas

Reseñas

Mi opinión sobre algunas de las obras literarias que voy leyendo, siempre desde el respeto pero sin perder la búsqueda de la calidad.

Dice la RAE que la reseña es una “noticia y examen de una obra literaria o científica”. Por eso alguna vez es probable que se me escapen reseñas de obras no literarias porque también disfruto de la lectura de libros de historia, psicología, filosofía, política y, cómo no, teoría literaria, escritura creativa, crítica literaria o historia de la literatura.

Cinco libros para niños

Publicado por el 17 marzo 2013 en Reseñas | 6 comentarios

Javi de Ríos ha planteado en Twitter a varios blogueros que escribamos una entrada con los cinco libros que nos gustaría que leyeran nuestros hijos. No los tengo todavía —los hijos, quiero decir—, pero, cuando los tenga, estos serán los cinco libros (entre muchos otros) que les animaré a que lean.

Marcabrú y la hoguera de hielo, de Emilio Teixidor. Es uno de los libros que mejores recuerdos me traen, porque fue uno de los primeros que me descubrió el sentido de la maravilla. Aquel trovador que viajaba por España se me quedó grabado en el alma, hasta el punto de que, todavía hoy, me recuerda lo que quiero ser de mayor: trovadora. Me abrió el apetito por la Historia y por las novelas históricas, de las que he sido lectora desde entonces.

El misterio de la isla de Tökland, de Joan Manuel Gisbert. Creo que debía de tener once años, más o menos, cuando leí esta novela. Si la de Teixidor me despertó el hambre de Historia, esta lo hizo con las novelas de misterios. También me produjo un impacto enorme por la aventura en sí misma. Me gustó lo de meterme en una isla e ir descifrando enigmas. Sigo siendo, por su culpa, una loca de los rompecabezas. Ambas novelas me impulsaron a escribir porque, al leerlas, se me despertó el deseo de contar historias parecidas. Todavía quiero hacerlo.

Rafael Alberti para niños. La poesía fue lo primero que leí y espero que sea lo último que lea antes de morir. En estas listas no se suele introducir libros de poesías a pesar de que, si hay algo que les gusta a los niños, son las rimas. Ignoro si esta edición (Ediciones de la torre, 1985) está disponible hoy en día, imagino que no; una pena porque contiene una selección de poesías de Alberti que a cualquier niño le gustaría leer o escuchar (creo que es un libro perfecto para que el padre o la madre se lo lea en voz alta a sus hijos). Sé que este libro se lo enseñaré a mis hijos como la joya que es porque contiene una dedicatoria de Alberti tan especial como inolvidable es el recuerdo del día en el que, con apenas seis añitos, me acerqué a la caseta de la Feria del Libro de Madrid, donde firmaba sus libros, y sin que pudiera ver de mí más que la coronilla le espeté: “Tú eres el Poeta”. Se río con ojos de pilluelo y me llamó “sobrina” y me pintó un gato en el libro. Ese día se selló mi destino de trovadora. Sus poemas todavía los leo a escondidas, en las noches de silencios, para recordarme la niña que fui… la niña que soy.

Cuentos por teléfono, de Gianni Rodari. Los leía cada noche durante años, estos y los Cuentos para jugar y los Cuentos escritos a máquina. Nunca me cansé de leerlos. Me despertaban la imaginación de tal forma que mis sueños se llenaban de toda la fantasía del mundo. Si hay un culpable de que sea escritora y profesora de literatura fantástica, ese es Gianni Rodari. Espero que a mis hijos les inculque lo que yo aprendí de él: que la fantasía nos hace libres.

Agnes Cecilia, de Maria Gripe. Me cuesta explicar por qué me gusta tanto este libro. Tiene que ver con la evocación, con la vida que se va, pero que puede volver, con la conciencia de que podemos estar viviendo la vida que otros no pudieron disfrutar. Desde niña me han aterrado los fantasmas, tanto como me han fascinado las apariciones. La relación entre el mundo de los muertos y el de los vivos, el que se puedan entremezclar, me subyuga. Pero no es solo por eso por lo que Agnes Cecilia ha sido uno de los libros (infantiles) que más me marcaron. También tiene que ver con el olor de las casas viejas, con las maderas que crujen al andar los pasillos largos, por el sol que inunda desde ventanales de cristales añejos. Y por el misterio, la indagación de vidas pasadas, por la idea de que, después de muerto, alguien pueda interesarse por tu vida y, más allá incluso, que uno pueda ser importante para los demás en la vida y en la muerte.

Dejo otros tres en mención especial. No los he añadido por dos razones: por archiconocidos y porque Mónica Basterrechea, otra de las personas que han participado en la iniciativa, incluyó dos de ellos en la lista :).

Momo, de Michael Ende. No recuerdo cuando fue la primera vez que lo leí, porque ya lo he devorado tantas veces que me cuesta precisar cuál de mis recuerdos leyéndolo es el más antiguo. Momo me enseñó que no importa ser un bicho raro si lo que te mueve es el buen corazón. Casiopea me convenció de que el tiempo es mi aliado.

Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl. Hablando de sentido de la maravilla. Otro de los libros que me ayudaron a confiar en que mis fantasías no eran inútiles. Si hubo algo que me emocionó de este relato, que siempre me pareció rarito ;), fue la historia de los cuatro abuelos. Desde entonces me obsesiona la idea de la pobreza, de cómo la felicidad supera a los dineros y de lo injusto que es que cuatro ancianos duerman en una misma cama.

El principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Me pasa como con Momo, no recuerdo cuándo fue la primera vez que lo leí. «¿Quién es tu rosa?». Me pregunto muy a menudo y, cuando encuentro la respuesta, me recuerdo que a las rosas de uno hay que cuidarlas, hay que tratarlas como los seres especiales que son para ti, no dejar que olviden cuán necesarias son en tu vida. «¿Estás viendo un sombrero o una boa que se ha comido a un elefante?». Esta también es una pregunta constante en mi vida. No quiero que las apariencias escondan las realidades que mis ojos pueden no estar viendo.

¿Y tú qué libros leerías/lees a tus hijos?

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