Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

Somos imaginación

Escrito por el 8 agosto 2012 en De escritura en general | 3 comentarios

Hay días que una no tiene inspiración, ni siquiera para hablar de acción ni de tiempo. En esos momentos, si eres profesora, te recuerdas a ti misma lo que le dices a tus alumnos: que la inspiración proviene de una mente activa. Movimiento: un relato es movimiento; la imaginación proviene del fluir del pensamiento. Si uno intenta —eso suelo decir en mis clases de creatividad— que le vengan ideas con todo el cuerpo agarrotado, casi constreñido, es bien difícil conseguir que llegue ni siquiera el pescadero.

Las ideas llegan, pero hay que dejar que fluyan y, para eso, el cerebro no puede estar aprisionado entre el imperativo «inventa» y el adverbio «ahora». Cuando digo esto, me imagino a mí misma sujetando la cabeza entre las manos y preguntándome por qué, por qué no me llega la inspiración. ¿Por qué no tengo imaginación? ¿No tienes? ¿Tú, Inés? ¿Segura?

 

Blanche Neige, de Benjamin Lacombe

Recuerdo el día que me pregunté si era posible que yo no tuviera imaginación. Aquella noche (soy nocturna desde pequeñuela) descubrí la gran mentira que es decir que uno no tiene imaginación. ¿Acaso no nos ponemos delante del espejo y recreamos la conversación que vamos a tener con nuestro jefe o madre o marido? ¿Alguien que hace eso no tiene imaginación? Y todavía voy más allá, alguien que sueña ha de tener imaginación o, al menos, la capacidad de representar imágenes en la cabeza.

Pero, ¡espera!, ¿representar imágenes en la cabeza?, ¿como si fuera una película? ¿A qué me suena esto? ¡Ah, sí, claro! Caramba, se me había olvidado, de esa capacidad es de la que nos servimos los escritores para que el lector se identifique con nuestra historia. Visualización lo llamamos. Pero antes de escritores, ¿no fuimos lectores? Sí, claro, la mayoría sí (o ese suele ser el orden natural, al menos: primero leemos, luego escribimos). Y cuando leemos, ¿acaso no visualizamos lo que el narrador nos cuenta?

Por ejemplo, en Seda, de Baricco, leemos:

Baldabiou era el hombre que veinte años atrás había llegado al pueblo, se había encaminado directamente al despacho del alcalde, había entrado allí sin hacerse anunciar, había depositado sobre su mesa una bufanda de seda de color dorado y le había preguntado:

—¿Sabéis qué es esto?

—Cosas de mujeres.

—Error. Cosas de hombres: dinero.

Alguno quizá haya conseguido resistir la tentación de ver a un hombre entrando en un despacho y soltando una bufanda dorada sobre la mesa. Yo, me temo, que por mucho que intente no imaginármelo me sería imposible. Leo esto e imagino. No creo que sea una capacidad de unos pocos: es inherente al ser humano. Vemos cosas en nuestra mente, nos anticipamos a situaciones que recreamos en la cabeza.

Como cuando está a punto de llegar tu cumpleaños y te imaginas que nadie se va a acordar y te pasas una semana asegurándote de que no te importa, porque al fin y al cabo un cumpleaños más, qué importa, te dices, mientras encoges los hombros, al tiempo que una imagen chiquitina se inmiscuye en tu mente, apenas la ves pero está ahí y, por un instante, cuando te has descuidado, ¡zas!, se lanza sobre ti y se convierte en una imagen grande y nítida: te ves a ti misma cenando con tu marido, tus padres y tus hermanos, también están tus sobrinas. Escuchas risas como en eco. Alguien saca un regalo: es un cuaderno, precioso, de esos que te da pena utilizar porque quisieras que nunca se acabaran sus páginas. Luego un libro y un beso de tu sobrina mayor. Sacudes la cabeza y la imagen se marcha, pero la sonrisa se te ha quedado en la cara, porque te has imaginado una escena que sabes posible y que, además, te hace feliz.

¿Quién dijo que no tenía imaginación? Todos tenemos. Somos imaginación. Vivimos con imágenes en la cabeza, cada día, a cada hora. Solo que no nos damos cuenta del don maravilloso que se nos ha otorgado. Nos creemos secos, cuando en realidad somos un manantial continuo de ideas.

Claro que yo hoy no tenía inspiración, supongo que por eso no os he hablado de tiempo, ni de acción, ni ha venido ningún personaje. Solo me ha salido esto de la imaginación, del fluir del pensamiento.

Pero, ¡espera!, ¿tiempo?, ¿qué es el tiempo sino movimiento? ¿Y la acción? Ah, sí, la acción… Vaya, la acción también es movimiento. Claro, si nuestra mente no sabe funcionar parada, nuestros relatos tampoco. Necesitamos que las ideas, las acciones, los personajes, el mundo se mueva a nuestro alrededor. Cuando eso sucede, no hay idea que se nos escape.

3 comentarios

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  1. Dolores Díaz

    Bueno yo no tengo problemas con eso de la imaginación, tengo que sofocarla de vez en cuando porque se desboca ella solita. ¿Ahora a un mes del 11-9-12, ya en marcha…?
    Yo imagino que Pepe y yo el 10 iremos a Calla Mallor a por una tarta de nata con fresas para mañana y me sale la imagen completita…

  2. francisco granado

    Quería saber si podías comentar una novela que he publicado.

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