Inés Arias de Reyna

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«La danza»

Posted by on 22 octubre 2013 | 0 comments

«La danza»

En el principio de los tiempos, vivían Ma y Bo en la oscuridad. Ma soñaba con el abrazo de Bo; y Bo con el beso de Ma. Pero despertaron y, como no se veían, extendieron sus brazos y se tocaron la yema de los dedos. Entonces vino la luz. Y Ma besó a Bo y de aquel beso nacieron las aguas que los inundaron. Al ver lo que había sucedido, Bo abrazó a Ma y de aquel abrazo surgieron las tierras y por primera vez caminaron. Y vieron la diferencia entre la tierra y el agua, y quisieron más. Bo acarició...

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«Corazón de fresa»

Posted by on 15 octubre 2013 | 6 comments

Me gustaba lamer tu corazón de caramelo, porque sabía a fresa. Pero, de tanto chuparlo, se consumió. Al final apenas quedaba un pedacito y a ti te invadió una sonrisa impertérrita que daba escalofríos. Ahora ya no me acerco a tu corazón, pero recuerdo con cariño aquellos lengüetazos que un día nos unieron. Inés Arias de Reyna Pedrezuela, 17 de septiembre 2013

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«Sofá de piel»

Posted by on 8 octubre 2013 | 3 comments

A mí también me gusta mi piel. Blanca. Tersa. Perfecta para un buen sofá. Solo te pido que, cuando esgrimas ese bisturí, enciendas el tocadiscos y me desuelles a ritmo de jazz. Inés Arias de Reyna Pedrezuela, 18 de septiembre 2013 He editado el relato para modificarlo según una sugerencia de Rosa

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«Paradoja»

Posted by on 4 junio 2013 | 0 comments

El bebé nació prematuro. Cuando la enfermera lo colocó en el pecho de la madre, comprobó, horrorizada, que se acababa de parir a sí misma. Inés Arias de Reyna Pedrezuela, 4 de diciembre 2012

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«Pobre Noel»

Posted by on 28 mayo 2013 | 0 comments

El hombre limpió el alfanje en los bajos de su manto. El charco de sangre que le llegaba a los pies comenzaba a coagular. Se apartó con cuidado para no mancharse. —¿Qué hemos hecho? —A su compañero le temblaban las manos con las que se mesaba la barba castaña. Mantenía la vista fija en el cuerpo que había tendido en el suelo. —Era él o nosotros —sentenció el del sable, mientras devolvía el arma a la funda que le pendía del cinto. —Ya es tarde para lamentaciones —medió un tercero, de piel...

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