Lady Dragona

Inés Arias de Reyna

«Un viejo que leía novelas de amor», de Luis Sepúlveda

Escrito por el 27 mayo 2013 en Reseñas | 0 comentarios

Reseña de Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Publicado por Tusquets en 1993. 144 páginas. 12 €.

Sinopsis: Antonio José Bolívar Proaño vive en El Idilio, un pueblo remoto en la región amazónica de los indios shuar (mal llamados jíbaros), y con ellos aprendió a conocer la selva y sus leyes, a respetar a los animales y los indígenas que la pueblan, pero también a cazar el temible tigrillo como ningún blanco jamás pudo hacerlo. Un buen día decidió leer con pasión las novelas de amor —«del verdadero, del que hace sufrir» que dos veces al año le lleva el dentista Rubicundo Loachamín para distraer las solitarias noches ecuatoriales de su incipiente vejez. En ellas intenta alejarse un poco de la fanfarrona estupidez de esos codiciosos forasteros que creen dominar la selva porque van armados hasta los dientes pero que no saben cómo enfrentarse a una fiera enloquecida porque le han matado las crías. Descritas en un lenguaje cristalino, escueto y preciso, las aventuras y las emociones del viejo Bolívar Proaño difícilmente abandonarán nuestra memoria.

Este libro lo leí por el club de lectura que dirijo en la Biblioteca Pública de Hortaleza, en Madrid. Este grupo de mujeres ávidas de lecturas, con las que comparto una sesión de dos horas cada quince días y con las que disfruto de charlas cada día más interesantes sobre la literatura y la vida en general, eligieron esta obra para cerrar el trimestre pasado.

Debo admitir que la tomé con cierta desidia y con bastantes más prejuicios de los que debería, pero también me veo obligada a confesar que la desidia se me difuminó nada más comenzar y que disfruté de este libro.

Me parece una obra de lectura ágil, que te lleva de viaje al Amazonas y a un mundo que resulta exótico y lejano para un europeo, pero que, al mismo tiempo, se percibe con cierta cercanía, no tanto por los personajes variopintos, sino por la manera tan directa y al tiempo evocadora con la que escribe Luis Sepúlveda.

Hubiera agradecido, eso sí, que puliera el estilo que me pareció un tanto descuidado, por la cantidad de cacofonías y redundancias que se encuentran a lo largo de sus páginas.

De esta obra, destaco dos cosas: la dulzura con la que caracteriza a unos personajes que viven en un entorno tan duro como bello; y la relación que establece entre el hombre y la naturaleza, un canto a la comprensión de nuestro hábitat no como un lugar del que aprovecharnos sino de un espacio del que formar parte como uno más.

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